Elecciones de Zimbabwe en 2018: los vicios de la oligarquía y riesgos de violencia política
La novedad de Mnangagwa, presidente interino desde noviembre de 2017, es la de ser un rostro diferente al del sempiterno líder, escribe José Arturo Saavedra Casco.
Foto: Reuters

Por José Arturo Saavedra Casco/ El Colegio de México

El 30 de julio se llevaron a cabo las primeras elecciones en Zimbabwe donde Robert Mugabe, quien ostentó el cargo de presidente de la nación por 37 años, no apareció en las boletas.

Este hecho por sí solo ha despertado el interés internacional en dicho proceso con un seguimiento de los medios informativos muy superior a las típicas coberturas sobre elecciones en países africanos.

Algunos analistas vieron esta elección como un parteaguas entre el régimen autoritario y represivo de Mugabe y la posibilidad de contar con un gobierno más representativo, incluyente y que reactive la economía de un país inmerso en la pobreza y la inflación rampante.

Foto: Reuters

El alto porcentaje de votantes, mayor al 70% del padrón vigente*, el amplio sector de jóvenes que votaron por primera vez, la presencia de observadores internacionales que habían sido vetados en elecciones previas desde 2002, y la esperanza de un cambio cualitativo hacia una mayor democracia, han sido el motivo del particular interés por este acontecimiento.

No obstante, los resultados publicados a los dos días de haberse llevado a cabo la elección, dando al partido hegemónico ZANU-PF (Frente Patriótico de la Unión Nacional Africana de Zimbabwe) dos tercios de los escaños en el parlamento –144 de 210 asientos- y la posterior confirmación de Emerson Mnangagwa, candidato de este partido como presidente electo, ha creado un clima de extrema tensión con los seguidores de Nelson Chamisa, candidato del partido de oposición más fuerte en la contienda, el MDC (Movimiento del Cambio democrático), quien desde el día posterior a la elección se proclamó como ganador del proceso.

Las declaraciones previas a la elección por parte de Chamisa y sus seguidores sostenían que la Comisión Electoral de Zimbabwe (ZEC) no era un órgano imparcial ni confiable, por estar ligado a los intereses del partido y la élite gobernante, y por lo tanto se tenía que estar alerta ante un inminente fraude.

Antes de proclamarse oficialmente el triunfo de Mnangagwa, el miércoles 1º de agosto, cuando se publicaron los resultados de las elecciones parlamentarias surgieron fuertes protestas en varios sectores de la capital Harare, por parte de los simpatizantes de Chamisa, quienes fueron violentamente reprimidos por el ejército y la policía anti-motines, cuyo resultado fue centenares de heridos y seis muertes que lamentar.

La aseveración de que existe un presunto fraude para imponer a Mnangagwa como sucesor formal de Mugabe para mantener la hegemonía del ZANU-PF y el riesgo de que la violencia se desborde, ponen en evidencia que a pesar del optimismo sobre un cambio cualitativo, en la política de Zimbabwe estamos presenciando un episodio más de cómo la misma oligarquía se mantiene con los mismos métodos en el poder, sin una verdadera transformación democrática.

Mnangagwa, quien es presidente interino desde noviembre de 2017 a partir de un golpe militar que forzó a renunciar a Mugabe, es tan solo un político cuya principal novedad es la de ser un rostro diferente al del sempiterno líder y único presidente desde la independencia formal del país en 1980.

Emerson Mnangagwa, hombre cercano a Mugabe desde las luchas anticolonialistas, ministro y vicepresidente hasta ser depuesto por aquel, poco antes del golpe de Estado que lo instauró como presidente provisional, tiene un siniestro historial de represión, como operador del genocidio sobre la población Ndebele del sur del país, perpetrada en la década de1980; también como cerebro y mano ejecutora de la fuerte represión contra opositores al régimen en diversos procesos electorales, el más sonado en 2008.

Foto: Reuters

A pesar de esto, una carta fuerte para el denominado “cocodrilo” por su astucia y malicia, es que buena parte de la comunidad económica internacional, especialmente la Unión Europea y China, lo consideran la única persona capaz de devolver el dinamismo a la castigada economía de Zimbabwe producida por la cerrazón del gobierno de Mugabe, que culminó en sanciones y aislamiento durante los últimos veinte años.

Al interior, el hecho de que el ZANU-PF es un partido hegemónico que sigue controlando las zonas rurales, que constituyen un bastión muy importante junto al típico clientelismo que normalmente dichos partidos gozan en varias partes del mundo, y el apoyo de la élite gobernante que marginó a Mugabe y su esposa, le dan una fuerza política a Mnangagwa nada desdeñable con el electorado, más allá de sospechas de un posible fraude.

Por su parte, Nelson Chamisa, hombre carismático, pastor religioso y un político que presume su juventud -40 años frente a los 75 de su rival- cuenta con el apoyo del electorado joven, que en alto porcentaje votó por primera vez, con buena parte de los sectores urbanos en especial en Harare, y con los círculos intelectuales de opinión más críticos cuya voz es silenciada por los medios informativos nacionales, casi totalmente controlados por el gobierno. Chamisa, a pesar de su juventud, ha sido miembro del parlamento y un opositor que en carne propia ha sufrido la represión del régimen.

Sin embargo, la cultura política tradicional común en buena parte de África que considera que a mayor edad hay mayor legitimidad por la experiencia que conlleva, hace que ciertos sectores de la oposición, incluido dentro del MDC, hayan tenido dudas y objeciones cuando Chamisa obtuvo la candidatura de su partido y de otros siete organismos políticos participantes en la contienda como sucesor de Morgan Tsvangirai, el principal contendiente histórico y opositor a Mugabe, quien murió apenas el pasado mes de febrero.

Esto y las declaraciones bastante desproporcionadas en sus promesas de campaña, como el obtener la sede de los juegos olímpicos o la construcción de un costosísimo tren bala, le restaron credibilidad en no pocos votantes indecisos. Con todo, las encuestas previas a la elección solo daban tres puntos de diferencia a favor de Mnangagwa y el ZANU-PF sobre Chamisa y la alianza opositora liderada por el MDC.

El jueves 2 de agosto al anochecer, la ZEC anunció los resultados de la elección presidencial declarando a Emerson Mnangagwa vencedor con el 50.8% de los votos, siguiendo Nelson Chamisa con 44.3%, y el 4.9% restante repartido entre los otros 21 aspirantes que participaron en la contienda. Estrechamente, no sin polémica y con muchas suspicacias, el resultado le dio al triunfo al candidato del ZANU-PF evitando una segunda vuelta, al superar por un reducido margen el 50% establecido por la constitución.

Al día siguiente, Harare, capital y sede del poder político apareció paralizada y solitaria, casi como un “pueblo fantasma” producto del temor causado por la violenta jornada del miércoles. Aunada a la ya de por si tensa situación, hubo una amplia movilización policiaca y del ejercito por toda la ciudad, cuyo punto más álgido fue la prohibición de una rueda de prensa pública convocada por Chamisa y la dirigencia opositora para anunciar su repudio a los resultados. Estas acciones dan pocas esperanzas de una apertura política genuina, dando la sensación de que la política represiva y autoritaria que caracterizó a la presidencia de Mugabe se mantendrá con su sucesor.

Esta situación genera dudas y temores sobre el futuro inmediato de Zimbabwe, con un gran riesgo de que la violencia explote y cause un baño de sangre mayor al del pasado miércoles. Las declaraciones de Chamisa y sus partidarios que han calificado el proceso electoral como un “fraude insultante” y al resultado como un “golpe de estado del partido gobernante” aunado a las opiniones de observadores comisionados por la Unión Europea, los EUA y la Commonwealth, sobre notables irregularidades e inexplicables retrasos de la ZEC en anunciar al nuevo presidente, son un combustible letal que amenaza con empeorar la ya de por sí difícil situación.

El rol de la comunidad internacional en este momento es de gran relevancia, sobre todo el de los países vecinos como Sudáfrica y Botswana, preocupados por las consecuencias que un posible aumento de la violencia en Zimbabwe afecte a toda la región austral de África. China, la Unión europea y la Commonwealth no desean que el caos se vuelva incontrolable e impida que el comercio y la economía se recuperen. La postura de Chamisa de impugnar las elecciones hasta agotar las últimas consecuencias legales hace temer que este líder en algún momento pierda el control de algunos seguidores en Harare y varias partes del país y se enfrenten por su cuenta con las fuerzas del gobierno.

A pesar de este decepcionante panorama, Mnangagwa ha llamado a la cordura y al diálogo con la oposición y como gesto positivo dijo que desaprobaba y se deslindaba de las acciones represivas de la policía que ocurrieron el 1º de agosto y que tuvieron como consecuencia la muerte de seis personas e incontables heridos. Incluso prometió que ordenaría una investigación para encontrar y castigar a los responsables directos.

Mnangagwa, quien también tendrá que lidiar con los sectores del ZANU-PF que constituyen una línea dura hacia los opositores al estilo Mugabe, sin duda busca calmar los ánimos y tratará de llegar a acuerdos políticos con Chamisa, como en algún momento hizo su sempiterno antecesor con Tsvangarai.

Chamisa mismo ha prometido que su protesta será pacífica y ha pedido a sus simpatizantes evitar las confrontaciones. Estas declaraciones siguen siendo insuficientes, pero al menos arrojan una pálida luz en la penumbra.

*El padrón electoral de Zimbabwe cuenta con más de cinco millones de votantes registrados de un total de 16.5 millones de habitantes.



Temas relacionados:
Internacionales
Opinión



Escribe un comentario

Nota: Los opiniones aquí publicadas fueron enviadas por usuarios de Aristeguinoticias.com. Los invitamos a aprovechar este espacio de opinión con responsabilidad, sin ofensas, vulgaridad o difamación. Cualquier comentario que no cumpla con estas características, será removido.

Si encuentras algún contenido o comentario que no cumpla con los requisitos mencionados, escríbenos a comentariosyquejas@aristeguinoticias.com