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Despiden a Alberto Patishtán, maestro tsotsil que desafió al Poder Judicial | Crónica de Ángeles Mariscal

'Siembran' su cuerpo en una ladera de su pueblo natal, El Bosque, en los Altos de Chiapas. Familiares, excompañeros de prisión y vecinos, dicen que el profesor que pasó 13 años preso y cuyo caso se volvió emblema de los indígenas que denuncian juicios fabricados, dio y seguirá dando frutos.

  • Redacción AN / MDS
05 Oct, 2026 05:30
Despiden a Alberto Patishtán, maestro tsotsil que desafió al Poder Judicial | Crónica de Ángeles Mariscal
Foto: Archivo Cuartoscuro

Por Ángeles Mariscal

Una decena de hombres sostiene las cinchas amarillas y baja el ataúd a tirones cortos. La tierra roja se desmorona en los bordes de la fosa. Alrededor, mujeres con huipiles bordados de flores rojas abrazan ramos de girasoles y crisantemos; detrás de ellas, el valle se pierde entre la neblina.

“No vamos a enterrar al Tatik, lo vamos a sembrar, para que su semilla germine en justicia, en dignidad y en libertad”, dijo durante el sepelio Miguel Zenon, uno de los activistas que acompañaron la campaña por su liberación. “¡Viva Tatik Alberto Patishtán!”, gritó. “¡Viva!”, le respondieron tres veces.

Así, sembrado, quedó este domingo 4 de octubre en El Bosque el cuerpo de Alberto Patishtán Gómez. Este maestro tsotsil pasó 13 años en prisión, acusado de participar en una emboscada en la que murieron siete policías estatales en junio de 2000. Salió libre en 2013 por un indulto presidencial, sin que ningún tribunal reconociera su inocencia.

Murió el viernes 2 de octubre en la Ciudad de México, a dónde había sido trasladado por complicaciones de salud. Tenía 55 años. Ahora descansa en el municipio donde nació el 19 de abril de 1971, junto a su suegro, “que lo quiso como un hijo”, sostuvo Miguel.

Patishtán fue el rostro más conocido de lo que las organizaciones de derechos humanos llaman “fabricación de culpables”, al referirse a indígenas condenados con testimonios dudosos, sin intérprete o sin una defensa adecuada. Su amigo de la escuela lo resumió frente a la tumba: “Alberto Patishtán era una persona que se preocupaba por el bien común, por el bien de la sociedad. Ese fue el delito más grave que cometió. Por eso lo encerraron”.

Trece años después de recibirlo libre, El Bosque volvió a llenarse por él

El velorio fue en su casa, un lugar de paredes amarillas donde el humo del copal que se quemaba en un incienciario llenaba el ambiente. Detrás del ataúd colgaban cortinas azules, un crucifijo y los retratos en blanco y negro de su mamá y su papá. En el suelo ardían veladoras dentro de vasos. Una corona de rosas rojas y crisantemos blancos llevaba una cinta escrita a mano: “Descansa en paz, Alberto Patishtán Gómez”.

La mañana antes de su sepelio, ancianos y ancianas de la comunidad elaboraron diminutas cruces que colocaron en la mano de Patishtán, y un poco de maíz cocido, conocido como posol, elementos que le iban a servir en el tránsito que estaba emprendiendo. Después, su cuerpo fue colocado en la carroza, que avanzó con la puerta trasera abierta entre los puestos del mercado de domingo, cubiertos con sombrillas moradas y azules.

En las tiendas ya colgaban las calaveras de papel del Día de Muertos. Detrás iban decenas de mujeres vestidas con sus enaguas y blusas bordadas por ellas mismas, con las trenzas atadas con listones morados y verdes, cargando sobre el hombro ramos de girasoles y vara de oro. Sentadas en las banquetas, otras miraban pasar el cortejo con la mano sobre la boca.

Frente a la iglesia, bajo hileras de papel picado de colores, los hombres sacaron el ataúd en hombros. Adentro, el sacerdote ofició vestido de morado. Dos ancianas de blusa azul claro, bordada en rojo en el cuello, se inclinaron para dejar canastas de flores a los pies del féretro.

El mismo pueblo que hoy se congregaba para despedirlo, lo había recibido con otra fiesta el 1 de diciembre de 2013, un mes después de su liberación. Ese día hubo cohetes, misa, un mitin, comida y baile. Aquella vez, en la iglesia, la comunidad cantó que “a veces tiene que morir la semilla para que dé frutos”. Hoy había lágrimas.

Ahora lo llaman Tatik, que significa padre; título de respeto con el que los pueblos originarios nombraron en su momento al obispo Samuel Ruiz, y que le dan también a quienes considera son sus protectores. “Él es Alberto Patishtán Gómez, pero también aquí él es Tatik”, dijo Miguel. “Su lucha y su ejemplo son semilla”.

Lo detuvieron cuando cursaba el quinto semestre de la universidad

Martín Ramírez López tiene 54 años y es de El Bosque. Fue compañero de Patishtán en la Universidad donde se preparaban para ser maestros. Contó que su amigo, ya desde entonces maestro de primaria, acababa de terminar el quinto semestre cuando lo encarcelaron.

Antes de su detención, Patishtán había participado en protestas contra el presidente municipal Manuel Gómez Ruiz por corrupción y abuso de poder. El testigo que lo señaló fue Rosemberg Gómez Pérez, hijo del alcalde, quien dijo haberlo reconocido por la voz, según documentaron organizaciones que acompañaron el caso. Fue el único testigo en su contra. En 2013, Amnistía Internacional concluyó que hubo “fallas graves” en el proceso penal que lo tenía en la cárcel, entre ellas inconsistencias en ese testimonio y la falta de una defensa adecuada.

Lo condenaron a 60 años. Desde entonces, en El Bosque, sus vecinos formaron el Movimiento del Bosque por la Libertad de Patishtán. Después, contó Martín, crearon un comité estatal de presos políticos al que se sumaron organizaciones sociales, escuelas e iglesias. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) también se pronunció por su libertad.

El 19 de abril de 2013, día en que cumplía 42 años, miles de indígenas convocados por el Pueblo Creyente de la Diócesis de San Cristóbal marcharon por él en Tuxtla. Los acompañaban maestros de la Sección 7 del sindicato magisterial.

Leonel Rivero, su abogado, recordó en el sepelio aquellos años: “La lucha de Alberto desafió a todo el Poder Judicial. Demostró que los indígenas, si se unen, pueden salir adelante”. Luego se disculpó: “Me faltan palabras para expresar lo que siento”.

En la cárcel, el maestro enseñó a otros presos a no tener miedo

Patishtán fundó dentro de prisión La Voz de El Amate, una organización de presos que denunciaba torturas y procesos irregulares contra indígenas. “Patishtán luchaba con los compañeros, porque muchas veces, por desconocer nuestros derechos, muchos presos inocentes se quedan callados. ¿Qué hizo Patishtán? Empezó a tocar esos corazones”, dijo Martín.

Alejandro Díaz Sántiz vino desde Mitontic para despedirlo. Pasó 20 años y cuatro meses preso por un delito que no cometió. Según su relato, lo acusó un primo suyo que hablaba español cuando él todavía no lo hablaba y sólo se podía expresar en tsotsil. En 2015, organizaciones denunciaron que su juicio se llevó sin traductor. No tuvo oportunidad de defenderse.

Conoció a Patishtán en el penal número 5 de San Cristóbal de Las Casas. Alejandro recuerda que la primera pregunta del maestro hacia él no fue por su caso:

—¿Sabes leer y escribir?
—La mera verdad, no.
—Vete a la escuela.

Luego vino el español. Alejandro lo entendía, pero contestaba en tsotsil. “Es el miedo que no te deja hablarlo”, le repetía Patishtán.

Un día, el maestro le pidió que hiciera por él las llamadas telefónicas a los compañeros de afuera del penal; se sentía cansado y débil, le dijo. Alejandro compró cuatro cigarros y se los fue fumando, uno tras otro, junto al teléfono. “Ojalá que no me contesten”, pensaba mientras marcaba. Hizo las cinco llamadas, en español. Cuando volvió a la celda, Patishtán lo esperaba sentado en su cama.

“Se para, me da un abrazo. ‘Te felicito’, me dice. ‘Mira, Alejandro, no es porque no podía yo hacer las llamadas. Sí puedo. Quería ver hasta dónde ibas a llegar’”.

Así lo fue formando, le pedía escritos dirigidos al director del penal, denuncias para la prensa acerca de la situación de los presos, la conducción de un evento con visitantes de otros países que acudían en solidaridad con los presos injustamente detenidos. Se organizaban dentro del penal para exigir su liberación, Patishtán iba dandoles más responsabilidades. Cuando liberaron a un grupo de su grupo, Patishtán le entregó la vocería de los Solidarios de La Voz de El Amate. “Yo soy La Voz de El Amate y tú eres Solidario. Tienes que defender tu organización”, le dijo.

También le pidió no guardar rencor. “Si ves al que te metió a a cárcel, háblale bien. Es que no sabe lo que hizo”, recuerda Alejandro que le decía. Su movimiento logró que muchos detenidos salieran libres. Ellos seguían presos: “Aguanta, llegará el momento”.

“Gracias a él aprendí a leer y escribir y ya sé defenderme un poco”, dijo Alejandro. “Es como si fuera nuestro padre, y nosotros sus hijos”. Alejandro obtuvo su libertad cinco años después que Patisthán.

Su familia heredó la costumbre de alzar la voz

Gabriela Patishtán estudió Derecho para defender a presos como su papá, ahora trabaja en defensa de los derechos humanos, sobre todo en comunidades indígenas. “Yo estuve con mi papá en todas sus batallas, en esta tierra, en esta vida terrenal”, dijo. “De chiquita aprendí a no dejarme, a alzar la voz ante las irregularidades, ante las omisiones, ante las injusticias que padecemos”.

Qué sigue para su familia? “Sobrevivir, tratar de sobrevivir y seguir con su ejemplo”. Lucía, esposa de Patishtán, dice en tsotsil: fue “un buen hombre”, “nunca fue violento” y siempre la trató bien. Ella se queda contenta por haber compartido su vida con él, y triste, porque ahora se siente sola con sus niños. A ellos piensa enseñarles lo que él hizo y a crecer con principios, para que ante cualquier injusticia no se queden callados.

Gabriela agradeció a quienes acompañaron la exigencia de libertad de su padre. “Pero desafortunadamente la vida tiene ahora otros planes”, dijo.

A Patishtán lo detuvieron en junio de 2000, cuando Roberto Albores Guillén gobernaba Chiapas como interino y Ernesto Zedillo era presidente. Organizaciones humanitarias señalaron que su detención formaba parte de la contrainsurgencia que llevaba a cabo el gobierno contra quienes consideraba simpatizantes del EZLN. Años despues, el entonces gobernador Juan Sabines Guerrero (2006-2012) declaró públicamente su inocencia y se comprometió a liberarlo, pero no lo hizo.

En julio de 2012, el siguiente gobernador, Manuel Velasco Coello, liberó a nueve integrantes de La Voz del Amate, presos en el penal de San Cristóbal. Ese día, Patishtán los acompañó hasta la puerta, los entregó a sus familias y regresó a su celda, recuerda Alejandro.

El 12 de septiembre de 2013, un tribunal colegiado federal en Tuxtla le negó el reconocimiento de inocencia a Patishtán; pero se incrementó la presión en Chiapas, en México y en otros países, exigiendo su libertad. El 31 de octubre, Enrique Peña Nieto lo indultó, o dio el “perdón”, con una reforma al Código Penal Federal aprobada semanas antes, que permite el indulto cuando hay indicios consistentes de violaciones graves a los derechos humanos. Fue el primero en recibirlo.

Patishtán nunca lo pidió, decía que era el gobierno el que debía pedirle perdón a él, y reconocer su inocencia. Una vez libre, antes de enfermar, contó Alejandro, Patishtán todavía se preguntaba qué hacer por los que seguían en el penal número 5, y por los presos indígenas injustamente detenidos.

Según el censo penitenciario del INEGI publicado en julio de 2026, al cierre de 2025 había 8 mil 76 personas de pueblos indígenas en las prisiones del país. En noviembre de 2025, un tribunal colegiado en Tuxtla ordenó liberar a cinco tseltales de San Juan Cancuc. Habían pasado tres años y medio presos por el homicidio de un policía municipal. El tribunal concluyó que las pruebas en su contra eran contradictorias y fabricadas.

“La injusticia nunca termina”, dijo Martín. “Vamos a seguir apoyando a los presos inocentes”.

FOTO ORIGINAL: ADOLFO VLADIMIR /CUARTOSCURO.COM

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Este domingo, al caer la tarde, sobre la tumba de Patishtán quedó una losa de cemento fresco, cubierta de pétalos blancos. A los lados, girasoles, rosas rojas y la corona fúnebre con su nombre. Junto a la tumba, un panel de palma tejida sobre un bastidor de madera. Enfrente crece un árbol de flores anaranjadas, y al fondo, el valle verde y las nubes bajas sobre los cerros cobija su cuerpo.

“Él se fue”, dijo Alejandro, con los ojos llorosos y el corazón oprimido. “Pero sembró en muchas partes las semillas”.

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