12 de octubre: entre el racismo y la esperanza | Artículo

Durante parte del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, en el registro de José Joaquín Blanco, “los circos exhibían indios norteños o apaches, más o menos enjaulados, junto con las jirafas y los elefantes".

  • Julio Moguel
2021-10-12T12:29:17
12 de octubre: entre el racismo y la esperanza | Artículo

Julio Moguel

I
¿Quiénes eran los mexicanos de principios del siglo XX? ¿Cómo se concebían a sí mismos? Como integrantes de una entidad en formación, en movimiento, en transición; es decir, como una identidad desagregada. La población en México estaba formada por mestizos, indios, criollos y mulatos, y por uno que otro de color oriental. La unicidad, el Uno, el ser nación, suponía integrar sus elementos diversos por la vía de la eliminación gradual de sus polaridades raciales, fundiéndolas en el crisol de su mezcla, dominando la perspectiva, para ello, de “desindianizar” al país, pues el indígena “era de una raza degradada por naturaleza o por la fuerza de la historia.”

De tal manera que, durante parte del siglo XIX, y en las primeras décadas del XX, en el registro de un reconocido escritor como José Joaquín Blanco, “los circos exhibían indios norteños o apaches, más o menos enjaulados, junto con las jirafas y los elefantes.”

José Joaquín Blanco

José Joaquín Blanco

Que el racismo era una fuerza dominante entre las clases ilustradas y los políticos de principios de siglo quedó claramente establecido en el Primer Congreso Indianista celebrado entre el 30 de octubre y el 5 de noviembre de 1910. En el debate dominó el criterio “evolucionista, ya con tintes biológicos, ya con énfasis social”. Una línea de esta concepción contemplaba a los indios como “raza degenerada”, por lo que era indispensable, como tarea prioritaria, “explorar el terreno y estudiar todas las causas que han determinado la degradación de las razas.” ¿Qué remedio proponía Miguel Bolaños Cacho?: “Una solución sería acabar con el indio por [ser] raza inferior que estorba el progreso y mantiene en su poder tierras incultas”. Pero ello, señalaba Bolaños, “aunque científico, repugna a un gobierno latino”. Por tal razón, era menester ver el asunto desde un ángulo humanitario, lejos del “rígido criterio científico que señala el genocidio como solución radical inmejorable”.

II

La Revolución terminó por hacer más cobriza y negra o mulata la medianía del país, lo que ayudó a que el racismo “más radical” fuera reducido a ser tema o materia prima de núcleos poblacionales con poca capacidad de acción y poco margen para influir en el espacio de los debates fundamentales. No obstante, un racismo “matizado” mantuvo su impronta en casi todos los medios y en la mayoría de los debates.

Tuvo que llegar el sexenio cardenista (1934-1940) para que desde los medios oficiales y en algunos importantes sectores intelectuales y de la opinión pública se diera en torno al tema un giro de 180 grados.

El 12 de octubre de 1938, el escritor Salazar Mallén, en un diario de circulación nacional, se preguntaba, indignado:

Desde hace mucho me pregunto por qué al 12 de octubre se le llama Día de la Raza. ¿Día de qué raza? ¿De los aztecas, de los mayas, de los incas, de los charrúas, o bien de los españoles y los portugueses? Porque parece un poco grotesco que se dedique un día de fiesta a razas que viven en la opresión y en la miseria, si ese homenaje viene de los opresores.

El 12 de octubre de 1940 se llevó a cabo en Pátzcuaro el Primer Congreso Indigenista Interamericano. Allí, Lázaro Cárdenas del Río puso los puntos sobre las íes:

Al indígena deben reconocérsele derechos de hombre, de ciudadano y de trabajador, porque es miembro de comunidades activas, como individuo de una clase social que participa en la tarea de la producción. El programa de emancipación del indio es en esencia el de la emancipación del proletariado. En tanto existan contingentes humanos desposeídos de las tierras, de sus derechos de hombres y de ciudadanos, a los que se siga tratando como bestias o como máquinas, no puede considerarse que la igualdad y la justicia imperen en América.

 

III

Otras voces emergieron entonces a favor del indígena, llegando a dominar, desde el sector académico y oficial, el denominado indigenismo.

Nadie mejor que Alfonso Caso para señalar las claves de esa nueva mirada:

Como política, el indigenismo consiste en una decisión gubernamental que tiene por objeto la integración de las comunidades indígenas en la vida económica, social y política de la nación, para llevar a las comunidades indígenas los elementos culturales que se consideran con un valor positivo, para sustituir los elementos culturales que se consideran negativos en las propias comunidades indígenas.

Caso señalaba, en suma, que la acción indigenista del gobierno estaba dirigida a “la sustitución o modificación de los patrones culturales”, pues, entre otros factores negativos, la mayoría de los indígenas hablaban una sola lengua, lo que no podía “ser el vehículo de una cultura avanzada”.

En los años sesenta del XX muchos de los mitos e ilusiones que se labraron en su primera mitad empezaron a desvanecerse o a rechazarse en forma abierta con el empuje de nuevas visiones y conceptos.

Arturo Warman y Guillermo Bonfil Batalla, entre otros, entraron al tema con un filo crítico decisivo. En el histórico texto De eso que llaman antropología, Bonfil se preguntaba: “¿Es incompatible la presencia de diversas identidades étnicas con la idea de una sola patria? ¿Son mutuamente excluyentes la pluralidad cultural y la participación en una patria común? La diversidad cultural no es incompatible con la idea de nación.”

Frente a ello, Bonfil definía propuestas “radicales” para la época: se requería “valorar las actuales culturas indígenas, su capacidad para sobrevivir como tales en el mundo moderno, eliminar la presión que las oprime […]”

Alfonso Caso Y Rubén Salazar Mallén

Alfonso Caso y Rubén Salazar Mallén

IV

Tuvieron que pasar 500 años del “descubrimiento de América” para que los indígenas del continente, el 12 de octubre de 1992, lograran marcar, en definitiva, rutas radicalmente distintas en el concepto o en la idea de se Ser y de su “Estar en el mundo”.

La radicalización de esa perspectiva, en México, tuvo en el “nuevo zapatismo” su momento de mayores alcances transformativos, sobre el terreno y potenciando una nueva concepción y perspectiva. Pero el empuje del movimiento indígena de 1994-96 generó sólo las bases de un proceso generalizado que, aunque no sin dificultades, encuentra en la 4ª T sus mejores momentos de posibilidades transformativas.

Los resultados generados por la “Mesa de paz” entre el gobierno federal y la tribu Yaqui ha dado resultados magníficos. ¿No sería el momento de establecer “Mesas de paz” con cada uno de los pueblos y comunidades indígenas de México? El tiempo obliga.

 

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