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Más de 200 personas monitorean al mismo tiempo y en cuatro países el Sistema Arrecifal Mesoamericano, el segundo más grande del mundo

En México, Belice, Guatemala y Honduras, unas 200 personas se movilizan cada año para realizar simultáneamente un monitoreo transfronterizo del Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM).

  • Redacción AN / GER
13 Feb, 2026 10:21
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Más de 200 personas monitorean al mismo tiempo y en cuatro países el Sistema Arrecifal Mesoamericano, el segundo más grande del mundo
Recuperación de uno de los Colectores de Columna de Agua (CCA) desplegado en Roatán, Honduras, durante el ECOME 12.  Foto: cortesía Nidia Ramos. Para Mongabay Latam

Por Patricio Medina Herrero
Mongabay

El arrecife no cría a sus hijos en casa. Los arroja por millones al mar abierto, cobijados por la oscuridad de la luna nueva. Durante días, las larvas de diferentes especies viajan como viajan los pueblos desplazados, empujados por fuerzas que no controlan. No conocen fronteras y aun así las cruzan. No saben que pertenecen al arrecife más grande de América, el Sistema Arrecifal Mesoamericano, ni que durante su desarrollo migrarán entre cuatro países hasta asentarse entre sus grietas.

El viaje comienza cuando los adultos reproductores liberan huevos al mar. De ellos emergen larvas microscópicas que pasan días en la columna de agua, viajando con las corrientes. Más tarde, esos organismos se convierten en postlarvas, juveniles tempranos que ya tienen una fisiología apta para autodeterminarse –como ojos, oídos y estómagos funcionales– y dejan de ser solo arrastradas para empezar a buscar activamente dónde asentarse.

En 15 ocasiones, a través de 13 años consecutivos, un equipo multidisciplinario ha documentado el reclutamiento de postlarvas de peces en el Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM). Utilizando métodos innovadores de monitoreo, unas 200 personas —entre científicos, pescadores, guardaparques y voluntarios— recopilan al mismo tiempo postlarvas en 15 áreas protegidas de los cuatro países que conforman el SAM: México, Belice, Guatemala y Honduras.

Así logran capturar una imagen de la siguiente generación que surtirá de vida al arrecife. Esa “foto” permite entender cómo funciona el reclutamiento de peces del SAM y la conectividad ecológica entre los diferentes lugares de este gran ecosistema. También alimenta de información a la investigación de las pesquerías y al manejo de las áreas marinas protegidas.

Se le conoce como Ejercicio de Conectividad del Mesoamericano (ECOME) y es la iniciativa de monitoreo ecológico transfronterizo más importante del Caribe, pero realizarla requiere recursos, constancia y coordinación. De acuerdo al último informe de la Red de Conectividad del SAM –el equipo a cargo del ECOME– son más de 610 personas las que han colaborado a lo largo de los años y más de 1370 días de trabajo entre la preparación, logística, identificación y análisis de datos. Esto convierte al ECOME en un ejercicio de ciencia participativa sin precedentes en el SAM. El monitoreo le ha permitido a los expertos leer patrones de comportamiento en un arrecife visiblemente estresado.

Postlarvas o juveniles tempranos. Foto: cortesía Kevin Rivera para Mongabay Latam

Las larvas conectan al Sistema Arrecifal Mesoamericano

Lourdes Vásquez Yeomans entiende al arrecife desde su infancia. Originaria de Sonora y criada en Baja California, estudió biología y posteriormente ecología marina especializándose en las fases tempranas del ciclo de vida de los peces arrecifales. Se capacitó en Miami con el doctor William Richards, pionero en el estudio e identificación de huevos y larvas de peces. Llegó al Caribe hace unos 34 años y formó parte del grupo de investigadoras que fundaron la sede de El Colegio de la Frontera Sur en Chetumal (ECOSUR), Quintana Roo.

Además de encabezar el ECOME, Lourdes Vásquez es curadora de la Colección de Larvas de Peces Marinos de ECOSUR, una de las más importantes a nivel regional, con más de 95 000 ejemplares. En un escenario de cambios acelerados, ese archivo funciona como una memoria biológica y genética del Caribe; un registro de referencia contra el cual comparar el mañana.

Durante sus prácticas profesionales, “además de lavar las tazas de los investigadores y el equipo que se usaba”, cuenta Vásquez con sorna, también se hacía cargo de la producción de huevos de peces. Ahí nació su amor por el inicio de una cadena de producción alimentaria cuyo final es una lata o un filete de pescado sobre tu plato, relata. “Quiero un filete de mero. Quiero esto, quiero lo otro, pero ¿te has puesto a pensar cómo se generó todo eso? Todo lo que tuvo que pasar para que ese animal esté asentado en tu plato? Es una maravilla. Es un milagro. Es una cantidad [incontable] de estrategias adaptativas para la supervivencia.”

Lourdes Vásquez Yeomans, “Lulú”. Foto: cortesía Ashanti Canto para Mongabay Latam

Este no es un camino fácil porque la gran mayoría de las larvas no logran convertirse en postlarvas. La transición entre una fase y la otra es un “cuello de botella” y por eso la estudian. “Esos estadíos tempranos son los más vulnerables. Están bien documentadas mortandades de hasta el 99 % de los huevos en algunas especies”, indica Vásquez. “Fíjate nada más todo lo que tienen que enfrentar porque los huevos son alimento rico para depredadores como el tiburón ballena. Solamente abren sus fauces y puedes imaginar la cantidad de huevos que ingiere”, explica.

Si la postlarva logra llegar a un hábitat costero —arrecife, pradera marina o manglar— ocurre el asentamiento y, tras sobrevivir ese periodo crítico, el pez se une a la población local como juvenil. Ese momento se conoce como reclutamiento. Con el tiempo y con mucha suerte, si no es capturado ni muere, crece hasta convertirse en adulto reproductor, cerrando el ciclo al producir nuevos huevos y reiniciar el proceso.

Para la ciencia pesquera, el reclutamiento es “el principal proceso que permite el repoblamiento natural de las pesquerías», añade Eloy Sosa, investigador en ECOSUR y especialista en recursos acuáticos. Ese momento también revela la conectividad del sistema: las postlarvas no pertenecen a un solo arrecife, sino que llegan arrastradas por corrientes que enlazan sitios lejanos.

“Los procesos físicos oceanográficos de diversas escalas en el SAM juegan un papel fundamental en la conectividad, desde la dispersión de huevos y larvas de peces hasta la configuración de las condiciones para el reclutamiento y la reproducción”, explica Laura Carrillo, especialista en oceanografía física e investigadora de ECOSUR. Por eso, lo que pasa en un tramo del SAM puede repercutir en otro a través de la próxima generación, señala.

De la sofisticada nave de Jacques Cousteau al humilde Colector de Columna de Agua

Históricamente, estudiar lo que ocurre en el mar fue un lujo reservado para grandes expediciones en cruceros oceanográficos al estilo de la Calypso de Jacques Cousteau. Estos buques-laboratorio son capaces de pasar semanas haciendo “barridos” de la columna de agua con redes que hacen muestras a distintas profundidades mientras registran los parámetros del océano. A inicios de siglo, el doctor William Richards realizó dos de estas campañas en el Caribe mexicano enfocadas en estudiar el estado de larvas de especies de interés comercial como el atún y el pargo.

La investigadora estima que sostener un buque así costaba más de 20 000 dólares al día y que las campañas solían extenderse por varias semanas. Esa forma de monitoreo no es fácil de repetir, sincronizar y sostener cada año en decenas de sitios. Con el tiempo, herramientas más simples y estandarizables acercaron parte de esa capacidad de observación a los equipos locales y, en el caso del ECOME, pusieron el pulso del reclutamiento en manos de equipos locales.

“Hubo un cambio impresionante en mi vida. Un giro de 180 grados”. Así describe Vásquez el momento en que, frustrada por la dificultad para monitorear sistemáticamente a las pequeñas larvas, pidió el consejo de Richards, su mentor, quien la introdujo a un nuevo método de muestreo que cambiaría las posibilidades del estudio de larvas marinas: el Colector de Columna de Agua (CCA). 

Colaborador recupera un CCA en la Reserva de Vida Silvestre Punta Manabique, Guatemala, durante el ECOME 15. Foto: cortesía Sergio Hernández para Mongabay Latam

El CCA podría parecer un cacharro. Es un dispositivo de muestreo sencillo, pero muy eficaz para capturar postlarvas y juveniles tempranos en el momento en que llegan desde mar abierto y empiezan a buscar dónde asentarse. En términos físicos suele verse como un sobre de fina malla metálica, anclado al fondo y suspendido en la columna de agua cerca del arrecife. Las postlarvas entran a refugiarse de forma natural dentro del colector y terminan concentrándose en una bolsa de retención, de la que luego se recuperan con cuidado.

La lógica del CCA es múltiple. Por un lado, permite un muestreo estandarizado (indispensable para comparar sitios y años). Además, reduce el daño a los organismos al recuperarlos vivos con 80 % de probabilidad, lo que permite medirlos, fotografiarlos y devolverlos al mar (o preservarlos para identificación y análisis genético cuando se requiere).

Por último, es de bajo costo. En un proyecto como el ECOME –con múltiples equipos, países y presupuestos acotados– esa combinación de economía, estandarización y selectividad es de gran utilidad, concuerdan investigadores.

Para la especialista en ecología larval Estrella Malca, investigadora de la Universidad de Miami y de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), estandarizar la metodología es “como la receta que uno sigue al cocinar”: sin instrucciones repetibles, los datos dejan de ser comparables, especialmente en hábitats que ya son distintos por naturaleza.

Migrar a los CCA, dice Malca, fue “una decisión técnica necesaria” para volver el monitoreo más inclusivo y acorde a las realidades económicas del SAM. En una región donde los recursos y la presión humana se distribuyen de forma desigual —“hay zonas despobladas como Bahía de la Ascensión y otros sitios como Tulúm o Cancún con un gran desarrollo poblacional y costero”— la metodología también tenía que ser viable para todos los equipos, dice.

Ocho noches de luna nueva: el muestreo en acción

El monitoreo sincronizado no ocurre una noche cualquiera. Se organiza para capturar un momento específico del ciclo: el pulso de la llegada de las postlarvas a la costa durante la luna nueva. El ejercicio se realiza en ese momento y de manera coordinada entre los distintos países y sus respectivas Áreas Marinas Protegidas (AMP), ya que la oscuridad total favorece la supervivencia de estos organismos durante su ingreso al arrecife.

Por lo general, se establecen 10 estaciones de monitoreo en cada AMP. A su vez, en cada estación se colocan dos CCA que se instalan por la tarde, se dejan toda la noche y se revisan a la mañana siguiente. El esfuerzo se sostiene durante ocho noches consecutivas, una ventana lo suficientemente larga como para detectar variaciones diarias sin perder comparabilidad entre sitios, años y países.

El reclutamiento es un proceso “aditivo” que consiste en la incorporación de nuevos individuos jóvenes (reclutas) a las poblaciones de peces sobrevivientes ya existentes. Foto: cortesía Sergio Hernández para Mongabay Latam

El ejercicio no solo registra peces, también el escenario físico que los transporta. Por eso, junto a los colectores se instalan sensores de bajo costo para monitorear de manera continua. “Aunque no hay reemplazo de las mediciones que se obtienen con un correntímetro [instrumento oceanográfico utilizado para medir la velocidad, dirección, temperatura y presión de corrientes de agua], los sensores de bajo costo permiten tener una primera aproximación de la dinámica en la zona costera y una mayor cobertura espacial”, explica Laura Carrillo.

Esos datos permiten vincular la llegada de las postlarvas con los procesos oceanográficos y abrir preguntas sobre la influencia de los mismos en los resultados.

Después viene la parte más delicada: nombrar lo que se capturó. En cada revisión, los organismos se recuperan con cuidado y se someten a un protocolo de registro visual estricto: fotografía, medición y clasificación preliminar. Aún en campo, el personal usa un catálogo fotográfico de referencia para una primera identificación taxonómica. Pero como muchas postlarvas son casi indistinguibles a simple vista, el proyecto recurre a una segunda capa de precisión: el barcoding (o “código de barras” genético), con el que se busca profesionalizar el catálogo.

Señales mixtas: ganadores y perdedores 

El monitoreo a largo plazo convierte anécdotas en señales: permite distinguir “pulsos” raros de eventos masivos, cambios en la conectividad y tendencias que, sin serie temporal, no se verían o se podrían malinterpretar. A partir de ahí, lo que antes quedaba como historias sueltas de pescadores, guardaparques o buzos, empieza a ordenarse en patrones medibles.

Uno de esos “pulsos” fue la explosión reproductiva y posterior muerte masiva de peces globo (Tetraodontidae) registrada en 2017. El fenómeno se observó a escala regional, pero los datos del ECOME mostraron un pico particularmente alto en Roatán, Honduras. Tras explorar explicaciones, el equipo concluyó que se trató de una sobrepoblación natural detonada en un año de temperatura inusualmente alta.

El ECOME, sin embargo, no explica solo el evento: abre la puerta a preguntarse qué condiciones ambientales pueden disparar estos picos y qué significan para el equilibrio del arrecife y la vida que sostiene.

El ECOME 6 registró una explosión y mortandad masiva de peces globo o “botetes”. Foto: cortesía Lourdes Vásquez para Mongabay Latam

Otro hallazgo que solo se vuelve legible cuando se mira el arrecife como un sistema conectado —y no como cuatro países separados— es el caso de la doncella social (Halichoeres socialis). Durante años, este pez se consideró endémico de aguas beliceñas. Cuando apareció en los colectores de Guatemala desde el primer ECOME, se pudo corregir el mapa. “Los ecosistemas no conocen limitaciones políticas, no hay barreras internacionales y, por lo tanto, la colaboración entre países vecinos es crucial para el manejo de nuestros recursos naturales”, indica Estrella Malca.

Lourdes Vásquez recuerda el caso de los jureles y palometas (de la familia Carangidae), que en ciertos sitios solían ser esporádicos y que, desde 2015, comenzaron a aparecer por cientos. No es un detalle menor porque en ecología una dominancia repentina suele indicar que algo cambió en el ecosistema, explica la experta. Ese cambio coincide con otra transformación imposible de ignorar en la última década: las arribazones masivas de sargazo (Sargassum).

El último informe del ECOME describe al alga como uno de los estresores más severos y preocupantes para la salud y sostenibilidad del SAM. La hipótesis que circula entre los participantes es incómoda: si el litoral se llena de una nueva arquitectura flotante, algunas especies podrían estar encontrando ahí un refugio o una ventaja temporal, aunque el mismo fenómeno esté causando estragos en otros componentes del ecosistema. El ECOME deja una pista insistente: si el arrecife cambia, su “lista de llegadas” cambia con él.

La descomposición del sargazo produce lixiviados (agua marrón) que son letales para las postlarvas. En experimentos de campo documentó qué ejemplares de postlarvas murieron en menos de un minuto al contacto con este líquido. Foto: cortesía Leomir Santoya para Mongabay Latam

La investigadora señala que, visto en conjunto, lo que emerge no es una historia lineal, sino un paisaje ambiguo y realista: hay señales mixtas, con ganadores y perdedores en un mismo sistema sometido a estrés. “El SAM está estresado”, recalca. Un año puede traer un pulso espectacular de una familia; otro, una caída persistente en grupos clave; al siguiente, una aparición fuera de rango que corrige mapas y obliga a repensar la conectividad. El valor del ECOME está precisamente ahí: no en simplificar lo complejo, sino en darle forma medible a esa complejidad para que pueda discutirse, compararse y, eventualmente, gestionarse.

El ECOME documenta un incremento año con año en la abundancia de postlarvas del pez sargazo (Histrio histrio) desde las llegadas masivas de la macroalga en 2015. Foto: cortesía José A. Cohuo para Mongabay Latam

Un legado colectivo

El valor se vuelve más contundente cuando se dimensiona la escala del registro. En 13 años y 15 ejercicios de monitoreo, el equipo ha documentado más de 7400 postlarvas, pertenecientes a 48 familias y más de 92 taxones en cuatro países y 15 Áreas Marinas Protegidas. Cada organismo registrado funciona como pieza de un rompecabezas regional que antes estaba incompleto por definición: demasiados sitios, demasiados países, demasiados métodos.

El ECOME convierte esa dispersión en una suerte de memoria ecológica que no reemplaza otros monitoreos, pero sí los obliga a dialogar. Esa es, quizás, la idea más importante detrás de los hallazgos: no se trata solo de saber qué especies llegan al SAM, sino qué mundo encuentran al llegar.

El ECOME nació para seguir postlarvas, pero terminó construyendo una comunidad científica transfronteriza –la Red de Conectividad del SAM– capaz de activarse en sincronía y establecer un lenguaje común entre equipos distintos. “Estoy muy orgulloso de formar parte del equipo de trabajo que impulsa el ECOME, y de todo el enorme equipo de personas que de manera entusiasta y generosa lo lleva a cabo cada año en condiciones muy austeras de financiamiento”, narra Eloy Sosa.

La ciencia participativa aquí no es un eslogan. Es lo que vuelve viable un monitoreo regional en un sistema donde los organismos cruzan fronteras – físicas y financieras–que los países no pueden imponerle al océano. Lourdes Vásquez lo resume con una frase que funciona como advertencia y como brújula: “Si no hay monitoreo, no sabes lo que sucede en el sistema, pierdes la cuenta, pierdes la historia”. Y añade: «El ECOME está escribiendo un capítulo que hasta ahora estaba en blanco”.

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