El Presidente y la incondicionalidad de los intelectuales | Artículo
Uno puede suscribir sin restricciones una versión de justicia y un modelo para materializarla y al mismo tiempo cuestionar a quienes dicen materializar esa idea o ese proyecto.
- Antonio Salgado Borge

Antonio Salgado Borge
El Presidente se ha quejado públicamente de que el grupo conformado por intelectuales que le “quieren” es reducido en comparación del grupo compuesto por sus “malquerientes”.
Al primer grupo pertenecen quienes, en palabras del mandatario, han sido “consecuentes”. Dado el contexto y forma en que ha sido empleado, este término debe traducirse como el apoyo incondicional -o percibido como de incondicionalidad- al actual gobierno.
En contraparte, el grupo malqueriente estaría conformado por intelectuales que, de una forma u otra, no son incondicionales al Presidente; es decir, quienes señalan o critican públicamente eventos con los que no están de acuerdo.
La lógica detrás de esta división es soportada por el contraste entre dos valores: el respaldo incondicional a aquello en lo que uno cree, por un lado, y la objetividad -entendida en el sentido de distanciarse temporalmente de aquello en lo que se cree con el fin de juzgarlo-, por el otro.
Así, los incondicionales resultan queridos por “consecuentes”, mientras que los objetivos terminan malqueridos por “inconsecuentes”.
Me parece que este tipo de lectura está viciada de origen. Hay al menos tres problemas que muestran claramente que este es el caso.
El primer problema tiene que ver con una ambigüedad: la falta de distinción de la naturaleza de aquello que se “apoya” o “quiere” incondicionalmente.
Para resolver esta ambigüedad, vale la pena empezar distinguiendo entre distintos niveles a través de los que, cuando se trata de asuntos políticos, se puede canalizar un apoyo incondicionado.
En el nivel superior, están ideas como la justicia, la libertad o la igualdad. En un segundo nivel, la articulación de estas ideas en una visión integral o proyecto. En un tercer nivel, la estructura material que impulsa el proyecto. En este marco, la 4T entendida como una idea está en el segundo nivel; el Presidente y Morena en el tercero.
Pero del hecho de que uno pueda -o deba- ser incondicional con lo que se coloque en los dos primeros niveles, no se sigue que uno deba ser incondicional con lo que se coloque en el tercero. Por ejemplo, uno puede suscribir sin restricciones una versión de justicia y un modelo para materializarla y al mismo tiempo cuestionar a quienes dicen materializar esa idea o ese proyecto.
Este problema no es uno de mera inconsistencia. Y es que la incondicionalidad hacia líderes políticos puede abrir, de par en par, la puerta a la traición a nuestros ideales. Uno puede elegir aquello en lo que cree y apoyar a una figura pública que represente esta creencia. Pero nada garantiza que esta persona será consistente. Cuando una persona se desvía de los ideales que uno defiende, entonces es necesario que elegir: o la persona o los ideales. Si elegimos a la persona, entonces tenemos que despedirnos de nuestros ideales.
Además, existe una asimetría evidente entre los dos cuernos de este dilema. Las ideas como la justicia o la igualdad son uno de los motivos por los que uno apoya a un líder político; uno no suscribe un ideal de justicia -al menos no racionalmente- como consecuencia de su apoyo a un líder.
La incondicionalidad tendría que estar siempre dirigida hacia ideales y no hacia los seres humanos que dicen encarnarlos. En consecuencia, pedir incondicionalidad hacia la figura de cualquier Presidente o partido pone en riesgo la defensa incondicional de nuestros ideales.
El segundo problema es que no es cierto que la incondicionalidad hacia una persona nos acerque a nuestros ideales y que la objetividad nos aleje de éstos.
Una persona puede ser consecuente en materia de ideales y objetiva al momento de evaluar si estos están siendo bien representados por quienes han prometido materializarlos.
Por ejemplo, tomemos un ideal de justicia que implica igualdad plena entre mujeres y hombres. Ahora supongamos que queremos evaluar si la 4T está materializando esta idea. Para ello, claramente necesitamos datos y razones.
Vale la pena notar que, si no contáramos con éstos, estaríamos emitiendo juicios sin sustento y no sabríamos qué tan lejos o cerca está de materializarse nuestra idea de justicia. En consecuencia, estaríamos renunciando en principio a la posibilidad de saber si lo que consideramos un valor innegociable está forjando la realidad que deseamos cambiar.
Esto no es todo. Es falso que ser objetivo implique ser imparcial: alguien puede juzgar con base en hechos y razones a una figura política y, al mismo tiempo tener una visión favorablemente parcial hacia ésta. Lo importante aquí es que si los hechos cambian, la opinión sobre esa persona tendría que cambiar en consecuencia.
La 4T, como toda empresa humana, tiene fallas y aspectos negativos. Estos incluyen casos indefendibles, como los de Félix Salgado Macedonio o Sanjuana Martínez.
En este sentido, encuentro francamente vergonzoso cuando personas inteligentes y comprometidas con causas justas terminan, a través de malabares retóricos, traicionando a su inteligencia o a esas causas para defender al Presidente o a su proyecto.
El tercer problema es uno de consecuencias. Empecemos notando que es una obviedad que existe una nutrida y muy real cargada de analistas que marcadamente distorsionan la realidad con el fin de lesionar al Presidente (asunto aparte es si AMLO hace bien en señalar a casos particulares, como Carlos Loret o Ciro Gómez Leyva).
También es cierto que este grupo está conformado en buena medida por personas cuyos ingresos estuvieron directamente relacionados con la naturaleza de sus análisis a gobiernos anteriores.
Pero bajo el criterio de incondicionalidad que hemos revisado, este grupo es indistinguible del conformado por aquellas personas o medios que, aunque simpatizan con la idea de la Cuarta Transformación o con la figura de AMLO, son objetivos y no están dispuestos a ser incondicionales a algún Presidente.
El argumento que se utiliza para eludir esta ridícula consecuencia es que resulta indispensable neutralizar la cargada contra el Presidente. Y para ello, se dice, es preciso magnificar las voces de quienes son incondicionales y diluir las de quienes intentan ser objetivos. Es decir, que no es tiempo de mezquindades o individualidades; de lo que se trata es de sumar al proyecto.
Sin embargo, es un error asumir que ser objetivo implica ser mezquino o individualista. Esto es especialmente falso en la época polarizada en la que vivimos. Por ejemplo, la objetividad en el periodismo contemporáneo en México va contra las leyes del mercado. Los medios, intelectuales, o periodistas que defienden ideales pero que son objetivos, parecen a veces no satisfacer a alguno de los polos en disputa.
Por el contrario, la incondicionalidad hacia líderes o partidos polariza y por ende es lucrativo. Basta con despotricar contra Presidente o en defenderlo a capa y espada para hacerse de una audiencia fiel y cautiva. De esta tendencia se derivan emergentes de la “calidad” de Latinus, Sin Censura, Chumel, o El Soberano, entre otros.
Estamos ante un fenómeno que no es trivial o inocuo. La incondicionalidad puede terminar alimentando un círculo profundamente nocivo. Los periodistas o analistas ganan un mercado; la gente pide más contenido radical; los periodistas reaccionan en consecuencia; la gente se radicaliza más. Es difícil ver cómo una dinámica de esta naturaleza puede ponernos más cerca de materializar aquellos ideales a los que somos incondicionales.
Es momento de hacer un corte de caja. La incondicionalidad que se pide a los intelectuales para ser “queridos” es hacia el Presidente y a su partido. Esto es problemático, pues una incondicionalidad de esta naturaleza puede conflictuar con la incondicionalidad a nuestros ideales.
Además, es falso que haya un conflicto entre incondicionalidad hacia ideas y objetividad. La segunda es necesaria para revisar la realidad de aquello en que creemos.
Finalmente, hablar en términos de intelectuales incondicionales a un líder o proyecto implica generalizar y acentuar un círculo vicioso que lesiona al buen periodismo y contribuye a radicalizar a una sociedad ya muy polarizada.
Dados los tres problemas aquí mencionados, para ser incondicionales con sus ideales, el Presidente y sus aliados tendrían que revisar la distinción entre querientes y malquerientes a la que recurren con tanta frecuencia Y el camino para hacerlo pasa, necesariamente, por el tipo de incondicionalidad que esperan de la izquierda y de sus intelectuales.
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