“Jíkuri es una película sobre dos mundos que intentan comprenderse”: Federico Cecchetti
Inspirado en los diarios de Antonin Artaud, el realizador entrega la segunda cinta de su trilogía dedicada a explorar las cosmogonías de los pueblos originarios.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
“Mi cine tiene la meta de abrir un espacio para la posibilidad de entender otras formas de vivir y pensar”, comenta Federico Cecchetti (Ciudad de México, 1984). Egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, ha emprendido el proyecto de una trilogía de películas que buscan adentrarse en la forma de vida de distintos pueblos originarios.
El primer eslabón de esta cadena es El sueño del Mara’akame; ahora toca el turno a Jíkuri; viaje al país de los Tarahumaras, cinta que llega a las salas el 17 de septiembre y en donde Cecchetti, sigue los pasos del viaje emprendido por Antonin Artaud en 1936 a través del territorio rarámuri.
Jíkuri es la segunda parte de una trilogía en la que exploras en las cosmogonías de las comunidades originarias. ¿Cómo ha sido esta experiencia y cómo vas con la tercera entrega?
Me enamoré de esa investigación y de salir de mi zona de confort para explorar otras formas de ver el mundo. Me interesan mucho las culturas originarias de México porque son muy distintas a lo que vivimos día a día. Son cosmovisiones con ideas y prácticas muy precisas sobre lo sagrado. En mi primera película hablo de los huicholes; Jikuri es un viaje al país de los tarahumaras o rarámuris; y la tercera será una comedia maya que está en desarrollo. Todas presentan distintas visiones de lo mágico y lo sagrado.
¿Qué posibilidades encontraste en el libro de Artaud De un viaje al país de los Tarahumaras para acercarte a esta comunidad?
Su libro fue un mapa de viaje. Seguí sus huellas y me encantó descubrir su búsqueda de lo sagrado. Al leerlo fui a la Tarahumara. Busqué los lugares que visitó, algunos los encontré, otros no, hacerlo me permitió profundizar en la visión rarámuri de la vida. Conocí a los chamanes y comparé las ideas de Artaud. Descubrí las diferencias entre lo que él entendió y lo que realmente sucede. Otra parte de la investigación me llevó a Francia para visitar los hospitales psiquiátricos donde estuvo y los acervos dedicados a revisar su legado.
¿Qué conexión había entre los textos que escribió en el manicomio y entre lo que vivió en la Tarahumara?
Hay contradicciones entre las versiones escritas por él mismo. Al principio tenía una visión idílica y maravillosa de lo que había sido el viaje, pero cuando revisita la misma experiencia desde el manicomio se llena de paranoia, angustia, fantasía y fantasmas. Tras leer su libro fui a la sierra y busqué algunos de los rituales de los que habla Artaud, y parece que algunos de ellos fueron alucinaciones o falsos recuerdos. Además, de hacer investigación de campo hablé con antropólogos para desentrañar lo que era cierto y eso me permitió conocer más a fondo a la cultura.
¿Cómo hacer una película de este tipo sin caer en la posición del occidental que va a “descubrir” a las comunidades originarias?
Es imposible no caer en eso. Lo que sí se puede hacer es ir a explorar desde la conciencia de lo que uno es. Artaud me sirvió como un espejo o precursor, me dio un punto de comparación. En la película a Artaud siempre se le llama chabochi, que significa extranjero para los tarahumaras; yo también fui un chabochi y eso no tiene nada de malo porque desde ahí también se puede crear una amistad y compartir conocimiento. Si tienes conciencia de esto pierdes el miedo y entablas una posición honesta. Artaud siempre se sintió un extranjero incluso en Francia, por eso fue tan fuerte su reclusión en el manicomio.
Entiendo que entonces no fue tan difícil que la comunidad te abriera sus puertas…
Si partes de la honestidad las puertas se abren. Estuve viviendo con una familia durante mucho tiempo y entablé relaciones cercanas, incluyendo a don Felipe Fuentes, que es quien hace de sipáame (chamán rarámuri). Don Felipe fue quien me dio permiso para acompañarlo a las danzas y gracias a eso pudimos hacer la película.
¿Qué representaba para ti respetar los idiomas, tanto el rarámuri como el francés?
Sé algo de francés y eso me permitió hablar con los actores franceses. La lengua rarámuri es más complicada, pero pude aprender las frases necesarias y algunas que otras groserías y albures, que siempre ayudan. La película finalmente habla de dos mundos que intentan comprenderse. Me interesaba mostrar el proceso mediante el cual te abres al “otro”, y en ese sentido Artaud fue un genio porque no sólo era capaz de expresarse mediante el lenguaje, también lo hacía con su cuerpo. La premisa de Jíkuri es que ambos personajes se comunican a través de los sueños, que es un lenguaje común donde no hay palabras.
Justo en eso radica la universalidad de tu película y más ahora que las sociedades tienden a aislarse.
Me parece importante desidentificarnos. Aferrarnos a lo creemos que nos define, nos impide conectar con otras verdades. Por eso el espíritu del jíkuri, la planta sagrada de los rarámuris, le pide a Artaud que se libre de todas sus palabras y conceptos, para poder realmente conocer al otro sin prejuicio alguno.
¿Adentrarte en las comunidades originarias ha cambiado tu forma de entender el cine?
Hacer esta película implicó despojarme de prejuicios. Me abrí a la posibilidad de que a través los sueños podemos comunicarnos y viajar, como lo creen los chamanes tarahumaras. Para nosotros los sueños son algo muy distinto. Me permití explorar otra forma de entender la vida, comprender cómo es que los hombres tenemos tres almas y las mujeres cuatro. Para los tarahumaras todo es sagrado y entienden el buen caminar como la ruta hacia lo sagrado. Mi cine tiene la meta de abrir un espacio para la posibilidad de entender otras formas de vivir y pensar.















