La inteligencia delegada y la conciencia en disputa | Por Mario Luis Fuentes
En la educación superior se juega, en términos profundos, la posibilidad de que un sociedad piense auténticamente por sí misma.
- Mario Luis Fuentes

Por Mario Luis Fuentes.
La universidad, como institución histórica, no ha sido nunca un simple espacio de transmisión de conocimientos; tiene, adicionalmente, el deber de contribuir a generar pensamiento y de formación de juicio crítico en sus estudiantes. En la educación superior se juega, en términos profundos, la posibilidad de que un sociedad piense auténticamente por sí misma. Hoy, ese horizonte se ve atravesado por una mutación de gran calado: la incorporación masiva de la inteligencia artificial generativa en los procesos de aprendizaje.
Los datos de la Encuesta Nacional Usos y percepciones sobre la Inteligencia Artificial Generativa en la educación superior en México (ENIAG, 2025) son elocuentes. Más del 90% de estudiantes y docentes conocen la inteligencia artificial generativa, y más del 60% la utiliza de manera cotidiana. Esta cifra señala una transformación que apunta a la irreversibilidad. En efecto, la IA ya habita permanentemente y de forma creciente en las universidades, de forma silenciosa y eficaz, en los textos que se producen, en los códigos que se escriben, en las imágenes que se generan y en los procesos mismos de generación del pensamiento.
Bertrand Russell habría advertido aquí un riesgo epistemológico: la sustitución del esfuerzo racional por la aceptación acrítica de resultados. Sin embargo, el problema no estriba en la herramienta, sino en la relación que el sujeto establece con ella. La encuesta muestra que la mayoría de los estudiantes no confía plenamente en las respuestas de la IA, sino que las verifica. Este dato encierra una ambigüedad profunda: verificar no equivale a comprender. La revisión puede convertirse en un acto mecánico, una forma de adecuación estratégica a las expectativas evaluativas, más que en un ejercicio genuino de crítica.
La cuestión central, entonces, no es si la inteligencia artificial debilita el pensamiento, sino si las instituciones educativas están en condiciones de sostener una pedagogía del juicio en un entorno donde el conocimiento se produce de manera instantánea. Steiner, con su insistencia en la responsabilidad del lenguaje y la tradición, habría formulado la pregunta en términos más radicales: ¿qué ocurre con la interioridad del sujeto cuando la palabra deja de ser conquista y se convierte en mero instrumento disponible y a la mano?
Los datos sobre el uso de la IA para la generación de textos son particularmente elocuentes: cerca de 8 de cada 10 estudiantes la utilizan con este propósito. Ello obliga a replantear una de las prácticas más arraigadas de la educación superior: la evaluación mediante la producción escrita. Si el texto deja de ser una huella del pensamiento individual, la universidad se enfrenta a una crisis de sus instrumentos más básicos de validación del aprendizaje.
Pero el fenómeno no se agota en la dimensión cognitiva. La ENIAG revela que decenas de miles de estudiantes recurren a la IA como apoyo emocional, utilizándola para procesar ansiedad, tristeza o incertidumbre. Este dato exige una lectura más allá de lo tecnológico. Lo que está en juego aquí es una transformación en las formas de mediación afectiva. La inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que históricamente correspondían a la comunidad, a la amistad, al vínculo pedagógico. Y esto es, sin duda, una reconfiguración significativa.
Desde la perspectiva del derecho a la educación, este desplazamiento plantea otras preguntas. Este derecho no puede reducirse al acceso a contenidos o a herramientas tecnológicas. Implica, en un sentido sustantivo, la garantía de condiciones para el desarrollo integral de la persona, incluyendo su capacidad de pensar, de discernir y de establecer relaciones significativas con otros. Si la IA se convierte en mediadora predominante de estos procesos, el Estado y las instituciones educativas tienen la obligación de intervenir para orientar su sentido.
Aquí emerge uno de los hallazgos más preocupantes de la encuesta: más del 70% de estudiantes y docentes en instituciones públicas desconocen la existencia de normativas sobre el uso de la IA: la tecnología avanza, pero la gobernanza permanece rezagada. De esta forma, en ausencia de marcos claros, el uso de la IA queda a expensas de decisiones individuales, lo que tiende a reproducir y ampliar desigualdades preexistentes.
En efecto, la encuesta evidencia diferencias significativas entre tipos de instituciones y regiones del país, en cuanto al uso, la capacitación y la percepción de la IA. La promesa democratizadora de la tecnología se enfrenta así a su reverso estructural: la posibilidad de profundizar las brechas. En este punto, el derecho a la educación superior se entrelaza con el derecho a la igualdad en el entorno digital, pues es necesario asegurar condiciones equitativas para el uso crítico y productivo de las tecnologías que en ella operan.
De otra parte, conviene señalar que, aunque el uso de la IA es generalizado, el nivel de dominio auto percibido no supera, en promedio, el 5.5 en una escala de 10. Se configura así una paradoja: una tecnología intensamente utilizada, pero débilmente comprendida. Este desfase tiene implicaciones profundas. Una comunidad académica que emplea herramientas cuyo funcionamiento desconoce se sitúa en una posición de dependencia estructural.
Russell habría insistido en la necesidad de la claridad conceptual como condición de la libertad intelectual. Steiner, por su parte, habría recordado que toda herramienta que no se comprende plenamente termina por redefinir -generalmente de forma negativa- a quien la utiliza. En ambos casos, la conclusión converge: la educación superior debe formar sujetos capaces de interpretar, cuestionar y, en última instancia, gobernar a las herramientas que deben contribuir a potenciar su conciencia crítica, no a limitarla o condicionarla.
Los resultados de la ENIAG obligan a replantear el sentido mismo de la educación en una era donde el problema central respecto del conocimiento es, sí su generación libre y crítica, pero también es su apropiación significativa. La universidad enfrenta, en este contexto, una tarea doble: preservar su función crítica y reinventar sus formas pedagógicas.
Se trata, en última instancia de sostener, en medio de la irreversible expansión de la tecnología y del mundo digital, una idea exigente de lo humano. Una idea que no delegue en la máquina la tarea de pensar, sino que encuentre en ella un interlocutor que, precisamente por su radical exterioridad, obligue al sujeto a profundizar en su propia conciencia.
En ello se juega la realización apropiada del derecho a la educación de las juventudes: como posibilidad efectiva de convertirse en sujetos de pensamiento en un mundo crecientemente mediado por inteligencias poderosas, peno no plenamente humanas.
Investigador del PUED-UNAM


