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El 'viejo orden mundial no regresará': primer ministro canadiense, Mark Carney

"Es el momento en el que las empresas y los países" se rebelen contra las grandes potencias, llamó Mark Carney durante su discurso en el Foro de Davos.

  • Redacción AN / ES
20 Jan, 2026 23:18
El 'viejo orden mundial no regresará': primer ministro canadiense, Mark Carney
Foto: Reuters

El primer ministro canadiense, Mark Carney, declaró este martes que el “viejo orden mundial no regresará” e invitó a otros países a unirse frente a “las grandes potencias” que han desmontado un mundo basado en normas.

En un discurso en el Foro de Davos (Suiza), que se celebra hasta el próximo viernes, Carney afirmó que el mundo está padeciendo “una ruptura” y no “una transición”, en la que “los grandes poderes” están utilizando la “integración económica como un arma”.

“No se puede vivir con la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de la subordinación“, continuó Carney para añadir que Canadá está recalibrando sus relaciones.

El primer ministro canadiense utilizó el ensayo ‘The Power of the Powerless’ del autor checo, y antiguo presidente de la República Checa, Václav Havel, para ilustrar la situación actual en la que parece que “el orden mundial basado en normas está apagándose”, “los poderosos pueden hacer lo que quieren y los débiles deben sufrir”, recogió la agencia EFE.

Según Carney, de la misma forma que el poder del sistema comunista en el este de Europa desapareció cuando la sociedad empezó a dejar de seguir las normas impuestas por los Gobiernos, “es el momento en el que las empresas y los países” se rebelen contra las grandes potencias.

Ante esta situación, el líder canadiense señaló que los países más débiles pueden optar por aislarse para protegerse lo que, en su opinión, producirá “un mundo de fortalezas que será más pobre, más frágil y menos sostenible”.

“Y la cuestión para potencias medias como Canadá no es si debemos adaptarnos a la nueva realidad. Debemos. La cuestión es si nos adaptamos limitándonos a levantar muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso ahora”, continuó.

Carney puso como ejemplo Canadá, que está estableciendo nuevas relaciones para construir “coaliciones que funcionen, asunto por asunto”, creando “una densa red de conexiones en comercio, inversión y cultura, de la que podamos tirar frente a retos y oportunidades futuras”.

Apoyo canadiense a Dinamarca y Groenlandia

El primer ministro canadiense también expresó su “firme” apoyo a Groenlandia y Dinamarca y el compromiso “inquebrantable” de Ottawa con el artículo 5 de la OTAN; adem{as de advertir que mientras las grandes potencias pueden permitirse ir por libre “por ahora”, las potencias medias no pueden actuar de la misma forma.

“Cuando solo negociamos bilateralmente con un poder hegemónico, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía”, dijo, de acuerdo con la agencia EFE.

Por lo que propuso “dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fortaleza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente, y es un camino abierto de par en par a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros”.

El discurso de Carney se produjo poco después de que el principal periódico de Canadá revelase que las fuerzas armadas canadienses, por primera vez en más de un siglo, han elaborado un esquema teórico sobre una posible respuesta de Canadá a una invasión de Estados Unidos.

 

Consulta aquí el discurso íntegro de Mark Carney en el Foro Davos:

Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.

Hoy hablaré sobre la ruptura en el orden mundial, el fin de una historia cómoda y el inicio de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún tipo de restricción.

Pero también quiero plantear que otros países, particularmente las potencias medias como Canadá, no están indefensas. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que encarne nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

El poder de quienes son menos poderosos comienza con la honestidad.

Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias.

Que el orden basado en reglas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reafirmándose. Y ante esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a “seguir la corriente”. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que la obediencia compre seguridad.

No lo hará. Entonces, ¿Cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo llamado El poder de los sin poder. En él preguntaba algo muy sencillo: ¿Cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este comerciante coloca un cartel en su escaparate: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero coloca el cartel de todos modos: para evitar problemas, para señalar obediencia, para llevar la corriente. Y porque cada comerciante en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste.

No solo mediante la violencia, sino gracias a la participación de personas comunes en rituales que saben, en privado, que son falsos.

Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuese verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su cartel— la ilusión comienza a resquebrajarse.

Es hora de que las empresas y los países retiren sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Pudimos perseguir una política exterior basada en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia de ese orden basado en reglas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximían cuando les convenía. Que las reglas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se hacía cumplir con rigurosidad variable según la identidad del acusado o de la víctima.

Esa ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos de resolución de disputas.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad.

Ese acuerdo ya no funciona.

Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.

Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis —financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas— expusieron los riesgos de una integración global extrema.

Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coerción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades para explotar.

No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de la subordinación.

Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC, la ONU, la COP—, la arquitectura de resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas.

Como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo.

Pero veamos con claridad hacia dónde conduce esto: un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

Y existe otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores para perseguir de forma irrestricta su poder y sus intereses, las ganancias del “transaccionalismo” serán más difíciles de replicar. Los hegemones (sic) no pueden monetizar continuamente sus relaciones.

Los aliados diversificarán para cubrir riesgos. Comprarán seguros. Aumentarán sus opciones. Esto reconstruye la soberanía —una soberanía que antes se basaba en reglas, y que ahora se anclará cada vez más en la capacidad de resistir presiones—.

Como dije, una gestión clásica del riesgo tiene un costo, pero ese costo de autonomía estratégica, de soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son beneficios netos.

La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si deben adaptarse a esta nueva realidad. Deben hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos —o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de manera fundamental nuestra postura estratégica.

Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y membresía en alianzas nos garantizaban automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores”, o dicho de otra manera, buscamos ser principistas y pragmáticos.

Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza excepto cuando sea consistente con la Carta de la ONU, respeto por los derechos humanos.

Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos estamos involucrando de manera amplia, estratégica y con los ojos abiertos. Enfrentamos activamente el mundo tal como es, sin esperar un mundo como quisiéramos que fuera.

Canadá está calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando una participación amplia para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del orden mundial, los riesgos que esto implica y lo que está en juego para lo que viene.

Ya no confiamos solo en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fuerza.

Estamos construyendo esa fuerza en casa.

Desde que mi gobierno asumió, hemos reducido los impuestos a los ingresos, las ganancias de capital y la inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares en inversiones en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más.

Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, haciéndolo de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales.

Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo nuestra adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de adquisiciones de defensa.

Hemos firmado doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses.

En los últimos días hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar.

Estamos negociando acuerdos comerciales con India, ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur.

Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para distintos temas, basadas en valores e intereses.

Sobre Ucrania, somos un miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.

Sobre la soberanía ártica, estamos firmemente del lado de Groenlandia y Dinamarca, y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable.

Estamos trabajando con nuestros aliados de la OTAN (incluidos los países del NB8) para asegurar mejor los flancos norte y oeste de la Alianza, incluso mediante inversiones canadienses sin precedentes en radares de horizonte extendido, submarinos, aeronaves y presencia terrestre. Canadá se opone firmemente a los aranceles sobre Groenlandia y pide negociaciones enfocadas para lograr los objetivos compartidos de seguridad y prosperidad en el Ártico.

En comercio plurilateral, estamos impulsando la creación de un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas.

En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7, de modo que el mundo pueda diversificarse alejándose de suministros concentrados.

En inteligencia artificial, estamos cooperando con democracias afines para garantizar que no terminemos obligados a elegir entre hegemonías y megaplataformas tecnológicas.

Esto no es un multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficiente terreno común para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de naciones.

Y es crear una red densa de conexiones en comercio, inversión y cultura, de la cual podamos valernos para futuros desafíos y oportunidades.

Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú.

Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar condiciones. Las potencias medias no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes.

Esto no es soberanía. Es la puesta en escena de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por favores o unirse para crear un tercer camino con impacto.

No debemos permitir que el ascenso del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte —si decidimos ejercerlo juntos—.

Y esto nos lleva de vuelta a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”?

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en reglas” como si aún funcionara como se anuncia. Llamar al sistema como lo que es: un periodo de intensificación de la rivalidad entre grandes potencias, donde las más poderosas persiguen sus intereses usando la integración económica como arma de coerción.

Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica en una dirección pero guardan silencio respecto a otra, mantenemos el cartel en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar que se restaure el viejo orden, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen.

Y significa reducir el apalancamiento que permite la coerción. Construir una economía doméstica fuerte siempre debe ser la prioridad de cualquier gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica: es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posiciones de principios al reducir su vulnerabilidad ante represalias.

Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos enormes reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los más grandes y sofisticados del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con la capacidad fiscal necesaria para actuar con decisión.

Y tenemos valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad.

Somos un socio estable y confiable —en un mundo que dista mucho de serlo—, un socio que construye y valora las relaciones a largo plazo.

Y Canadá tiene algo más: un reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia.

Entendemos que esta ruptura requiere más que adaptación. Requiere honestidad sobre el mundo tal como es.

Estamos retirando el cartel de la ventana.

El viejo orden no regresará. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia.

Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.

Ésta es la tarea de las potencias medias, que tienen más que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar en un mundo de cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos.

Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abiertamente y con confianza. Y es un camino plenamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.