¿Where is the love? | Artículo de Ross Barrantes
El amor también es una decisión política, es elegir construir en lugar de destruir, es elegir la verdad, aunque duela, es elegir el bien común, aunque nos cueste el individualismo.
- Redacción AN / GER

Por Ross Barrantes
Abogada Constitucionalista, doctorando en Filosofía – profesora de Derecho Pesquero, Procesal Contencioso Administrativo en la USMP, Carrera de Derecho – profesora de Desertificación y Cambio Climático en la Universidad Científica del Sur, Carrera de Ingeniería Ambiental
Cuando era niña ‘¿Where is the love?’ de los Black Eyed Peas era un himno para mí, han pasado más de veinte años desde entonces, y te preguntas ¿dónde quedó el amor en el mundo? es porque literalmente podríamos acabar con todo. Miro las noticias y observó lo mismo de siempre, pero peor: Ucrania sigue en guerra, Gaza convertida en escombros, Irán vs Israel, Myanmar desangrándose, el clima enloquecido con temperaturas que rompen récords cada mes, políticos que mienten como si fuera su lengua materna. Y me pregunto: ¿cómo llegamos aquí? ¿Qué pasó con esa capacidad humana de amar?

Hannah Arendt estuvo en los juicios de Nüremberg y vio algo que la marcó para siempre. No encontró monstruos sedientos de sangre, sino tipos comunes y corrientes que simplemente habían dejado de pensar. Burócratas que firmaban órdenes sin preguntarse qué significaban. Ciudadanos que obedecían sin cuestionar. Gente que había renunciado a usar su cabeza. Arendt llamó a esto “la banalidad del mal” y creo que ahí está la clave de lo que vivimos hoy. El mal más peligroso no es el del villano de película, sino el de la persona que deja que otros piensen por ella. Que acepta cualquier información que confirme lo que ya cree. Que vota sin informarse. Que comparte noticias falsas porque le dan la razón. En la actualidad, la banalidad del mal tiene nuevas formas. Son los algoritmos que nos muestran solo lo que queremos ver, creando burbujas donde nunca tenemos que enfrentar ideas diferentes. Son los políticos que explotan nuestros miedos más primitivos prometiendo enemigos simples para problemas complejos. Son las redes sociales que nos hacen adictos a la indignación, al odio fácil, a la polarización que nos impide dialogar. Y nosotros, muchas veces, nos dejamos llevar. Dejamos de preguntarnos si lo que leemos es cierto. Dejamos de escuchar a quien piensa diferente. Dejamos de ejercer esa capacidad tan humana de decir: “Espera, déjame pensar esto por mí mismo”.
Kant decía algo: “Atrévete a saber“. Usa tu propia razón. No dejes que otros piensen por ti. Suena simple, pero es lo más difícil del mundo. La razón kantiana no es ser un genio matemático o un erudito. Es tener el valor de preguntarse: ¿qué pasaría si todos actuaran como yo? Es lo que nos permite tratar a cada persona como un fin en sí mismo, no como un medio para conseguir lo que queremos. Cuando veo a un presidente que miente en cada discurso, la razón me dice: ¿qué pasaría si todos los líderes mintieran siempre? Cuando veo a personas que contaminan para ganar más dinero: ¿qué pasaría si todas hicieran lo mismo? Cuando veo discriminación, violencia, corrupción: ¿qué mundo estaríamos construyendo si todos actuáramos así? Esta capacidad de preguntarnos por las consecuencias universales de nuestros actos es lo que nos hace humanos.
Pensar por uno mismo en una época que nos bombardea con información diseñada para manipularnos. Mantener la capacidad de juicio crítico cuando es más fácil dejarse llevar. Elegir la verdad incómoda por encima de la mentira que nos hace sentir bien. Aristóteles tenía una idea que me gusta mucho: la ética no es un manual de instrucciones, sino una habilidad que desarrollamos practicando. Como aprender a tocar guitarra o a cocinar. Nadie nace sabiendo ser buena persona; nos volvemos buenos siendo buenos, una decisión a la vez. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles habla de encontrar el punto medio entre los extremos. La valentía no es la ausencia de miedo ni la temeridad ciega, sino el equilibrio entre la cobardía y la imprudencia. La generosidad no es ni la tacañería ni el despilfarro. El amor no es ni la indiferencia ni la obsesión.
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Esto me parece especialmente importante, porque vivimos en una época de extremos. O negamos completamente el cambio climático o entramos en pánico total. O idealizamos la tecnología como salvación o la demonizamos como perdición. O caemos en el relativismo absoluto (“todo vale”) o en el dogmatismo inflexible (“solo hay una verdad”).
La virtud, dice Aristóteles, es un hábito. Nos volvemos justos haciendo actos de justicia. Nos volvemos valientes enfrentando nuestros miedos. Nos volvemos amorosos practicando el amor. Entonces, ¿dónde está el amor? Definitivamente no tengo la respuesta a esta pregunta, pero pienso que cada decisión consciente de resistir la banalidad del mal, en cada ejercicio de la razón crítica, en cada búsqueda del equilibrio, podría ser una práctica en búsqueda del amor.
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No tengo duda que las manifestaciones de amor; está en la doctora que dedica su vida a investigar tratamientos para enfermedades. Está en el profesor que sigue enseñando a pensar críticamente, aunque el sistema le pida que solo prepare para exámenes. Está en el ciudadano que se toma el tiempo de informarse antes de votar. Está en los jóvenes que protestan por el clima no porque esté de moda sino porque entienden que es su futuro. Está en los médicos que atienden pacientes en zonas de guerra. Está en los periodistas que investigan la corrupción a pesar de las amenazas. Está en cualquier persona que elige la dificultad de la democracia por encima de la simplicidad de la dictadura. El amor también es una decisión política, es elegir construir en lugar de destruir, es elegir la verdad, aunque duela, es elegir el bien común, aunque nos cueste el individualismo. No es fácil. Arendt tenía razón: es más cómodo dejar que otros piensen por nosotros. Kant tenía razón: usar la razón requiere coraje. Aristóteles tenía razón: ser virtuoso requiere práctica constante.
Pero somos los que podemos elegir conscientemente el amor por encima del miedo, la construcción por encima de la destrucción. Hace unos días en una entrevista me preguntaron que le falta a tu país para que pueda cambiar, al mundo para que pueda ver, y mi respuesta sincera fue AMOR. Father, Father, help us. Gracias por leerme







