La gratitud del verano: instantes, nostalgias, experiencias (Texto de Gabriel Trujillo Muñoz)
“El que para mí escribir poesía sea un asunto serio no le quita el gozo que tiene el crearla”, reconoce el escritor en este texto a propósito de su nuevo poemario.
- Redacción AN / HG

Por Gabriel Trujillo Muñoz
La poesía es un asunto serio. Al menos para mí lo es. Los primeros libros que escribí y publiqué, como Poemas (1981), Percepciones (1983) y Moridero (1987) fueron poemarios. Alguna vez Felipe Garrido dijo, en la presentación de uno de mis libros, que yo era antes que narrador o ensayista, poeta. Ahora bien, el que para mí escribir poesía sea un asunto serio no le quita el gozo que tiene el crearla, el ponerla en el papel o la pantalla, el hacerla del conocimiento público.
Desde niño me he considerado poeta y narrador. Primero fui un poeta convencional porque en mis tiempos escolares, la poesía que podía conseguirse en el Mexicali de los años sesenta del siglo XX era tradicional: los sonetos del siglo de oro español, las rimas lacrimosas del romanticismo tremendista (Mamá, soy Paquito, no haré travesuras) o los versos musicalmente edulcorados de los poetas modernistas (con sus notables excepciones, como Rubén Darío y Manuel José Othón).
En Guadalajara, mientras me abría paso leyendo los tomos enormes de la carrera de medicina, también me fui familiarizando con los poetas contemporáneos, desde Ezra Pound y W. B. Yeats hasta Allen Ginsberg y Patti Smith. Dejé atrás los versos rimados y entré de lleno al verso libre. Y no hablo solo de poetas en lenguas extranjeras. En esos años, descubrí la poesía de José Carlos Becerra, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Alejandra Pizarnik y Cristina Peri Rossi. Como asiduo visitante de las librerías de la capital de Jalisco y, los fines de semana, de la ciudad de México, me hice lector tanto como escritor autodidacta. Viajero en búsqueda del vellocino de oro de la literatura.
Ya entonces quería ser poeta de mi tiempo y circunstancia. Escribir sobre lo que me importaba, sobre las experiencias de vivir en la frontera, de aceptar los prodigios del desierto, de contar lo que me sucedía en intereses intelectuales, en muchachas que amaba, en los hechos que se daban en mi país y en el mundo. Decir lo que pensaba sin morderme la lengua. Exponer lo que me parecía loable y criticable de mi entorno existencial. Lo que podía compartir desde el verso y las artes visuales. Los descubrimientos propios y las verdades ajenas. Las cosas perdidas y las vidas recobradas.
Y así, poemario tras poemario, algunos publicados por casas universitarias y otros por editoriales independientes, seguí mi camino. Desde la población fronteriza de Mexicali, en el norte mexicano, puse en verso lo que sentía y reflexionaba. Con el tiempo, algunos de mis poemarios se publicaron en otros países, como Bordertown (Universidad de Salta, Argentina, 2005), Poemas civiles (Amargord, España, 2013) o Civil Poems (Spuyten Duyvil, Nueva York, 2024).
Ahora, en 2026, se acaba de publicar por la editorial Bonilla-Artigas -con el apoyo del Colegio del valle de Imperial-, mi más reciente poemario, La gratitud del verano. Son poemas que abarcan, tentativamente, de 2018 a 2024. Es un libro de unas 180 páginas. Está dedicado a José María Mantero, profesor español y traductor de mi obra poética al inglés. Trae un epígrafe de la poeta estadunidense Maxime Kumin, que dice: “La poesía es como la agricultura. Es una vocación, necesita constancia”, idea con la cual concuerdo: la poesía es un trabajo de creación que planta semillas -preguntas, experiencias, momentos únicos- y cosecha versos, retratos, paisajes.
La gratitud del verano trata, como buena parte de mis poemarios, de temas diversos. Entre ellos están -aunque no son todos-, el paso del tiempo, la visión fronteriza del mundo, la vida como accidente y quebranto, el hallazgo amoroso que la mujer representa, la nostalgia por una ciudad que ya no existe, los espejismos que el desierto ofrece, la violencia que nos zarandea como la crueldad que nos define. Un conjunto de instantes donde la realidad es más de lo que aparenta ser ante nuestros sentidos, como en el poema en prosa “Vestigios”, donde digo: “Todo da vueltas, se acelera, se expande. Todo es diferente, multiplicado, caótico. La vida es sus tropiezos, sus caídas. La perpleja virtud de saber apenas una pizca del mundo, una muesca del tiempo. El viaje es su retorno, sus vestigios. La convicción de que nada es nuestro, de que existir es desandar el camino, volver al punto de partida, comenzar todo de nuevo”.
De esta manera, La gratitud del verano es un poemario de la vida tal y como la vivimos hoy en día: entre cegueras y tropiezos. Y sin embargo, doy gracias al verano no por sus calores, sino porque en su clima hostil he encontrado mi casa, mi destino. Que este desierto me pertenece, como me pertenecen tantas otras cosas: la frontera, la imaginación, el pasado y el futuro. Lo que soy aquí y ahora, lo que fui ayer y seré mañana: “Polvo al vuelo en su luz remota. Ráfagas de viento en su saludo”.
Incluyo aquí dos poemas que forman parte de este volumen de poesía. Espero les gusten.
Álbum familiar con viejas fotografías
Mi abuelo Isabel
Con un gallo de pelea
Entre sus brazos
Encaminándose al palenque
Mi abuela Josefina
En el arbolado
Patio de su casa
Partiendo una sandía
Mi tío Pedro
Con sus toros cebú
En su rancho ganadero
Riéndose de todo
Mi padre Gabriel
Mandando mensajes
En clave Morse
A la noche estrellada
Mi madre Margarita
Con pañoleta en la cabeza
Y pala en la mano
Desafiando al mundo
Yo
En la Cruz Roja
Con estetoscopio al cuello
Esperando una emergencia
Como si el tiempo
Fueran estas imágenes
Que se niegan a partir
Sin hacer antes
Un recuento en el camino
Un alto en la mirada
Retratos de la mujer que pinta su propio mundo
Para Paula Rego, en homenaje póstumo
¿Cómo derribar
El orden establecido
La obediente esclavitud
Los tormentos habituales?
Pintándolos
De los pies a la cabeza
Sin subterfugios: sin medias tintas
Mujeres cuyos cuerpos son
En sus heridas más dolorosas
En su vehemente griterío
El rostro de la vida
Para estos tiempos tan duros: tan fieros: tan infames
Un retrato del mundo
A nuestra imagen y semejanza
Donde ninguno de nosotros pueda decir
Que no estaba enterado: que no lo sabía







