Aparición y formación de la escritura | Artículo de Luis Fernando Lara
Este martes, a las 18 h, el lingüista inaugurará en El Colegio Nacional el ciclo de conferencias 'La educación y las culturas de la lengua'.
- Redacción AN / MDS

Por Luis Fernando Lara / Miembro de El Colegio Nacional*
Sólo la capacidad de hablar y, después, de escribir, distingue a los seres humanos del resto de los animales que pueblan este mundo. Son las lenguas las que nos permiten formar parte de una sociedad, las que nos permiten manifestar nuestras experiencias, nuestros deseos, nuestras aprehensiones de la realidad del mundo en que vivimos, las que forman la conciencia de nosotros mismos en cuanto individuos y en cuanto a especie, y las que nos permiten crear conocimiento y obras de arte verbales.
Antes que la matemática, antes que la historia, antes que la filosofía están la lengua y la escritura. No habría historia, no habría matemática —que es otro lenguaje, posterior a las lenguas— no habría filosofía si no se pudiera transmitir su pensamiento y, por supuesto, no habría literatura. De ahí el papel fundamental que tienen la lengua y la escritura en la escuela, en la vida familiar, en los círculos de amigos y en el mundo que compartimos.
No es posible la educación sin lengua; no es posible sin educación de la lengua. Es necesario establecer la diferencia entre enseñar una lengua y educarla. Nos enseñan nuestras lenguas maternas, ya sea el español, el náhuatl, el maya, el tzotzil o el yaqui, en casa, en el seno de nuestra familia; aprendemos otras lenguas o bien por inmersión, es decir, yendo a vivir en una sociedad que habla otra lengua, o bien nos las enseñan en una escuela.
En ambos casos una vez aprendido lo básico de ellas, las lenguas se educan: uno aprende en casa, en los círculos cotidianos de conversación los elementos que nos permiten mantener una conversación elemental, pero encima de ese uso práctico y elemental de la lengua, está la necesidad de enseñarnos cómo construir una oración con claridad y precisión; cómo relacionar las oraciones en un período y en un párrafo; cómo utilizar los tiempos verbales, cómo entender los muchos prefijos y sufijos que encontramos en multitud de expresiones de la ciencia, la técnica, la publicidad y el entretenimiento; cómo leer con claridad y buena prosodia las oraciones principales y subordinadas y las oraciones incidentales; cómo entender párrafos o textos de un libro de lectura, de una obra literaria, de un manual de uso de un instrumento, de una obra científica, de un texto religioso, cómo consultar y aprovechar la información de un diccionario; cómo escribir clara y precisamente una carta, un texto administrativo, legal, publicitario.
El principal soporte de esa educación es la escritura. Eso es educar la lengua y esa, precisamente, es la tarea primordial de la educación, tanto en casa como en la escuela.
Hoy día concebimos la escritura como una herramienta que sirve para transmitir y conservar ideas y expresar nuestras emociones, a diferencia del habla que, por su naturaleza momentánea, volátil, se pierde una vez que se calla quien la emite (las modernas grabaciones de voz vienen siendo, en el fondo, una especie de transcripción espontánea). En los orígenes de muchas culturas la escritura tuvo un carácter sagrado y fue una creación de los dioses.
Para las llamadas “religiones del Libro”: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, la Biblia es una obra revelada por Dios a los profetas, por lo que los libros de la Biblia tienen la misma naturaleza sagrada de la palabra divina. Para otras culturas, como la grecorromana, la escritura es también resultado de un mensaje divino, portado por el mensajero de los dioses: Hermes o Mercurio a quien consideraban el inventor de la escritura; algo semejante era el papel del dios Nabu en Babilonia, de Thoth para los egipcios, de Itzamná, creador del cielo entre los mayas y Quetzalcóatl entre los nahuas. Más acá de los mitos, la escritura es obra humana.
La escritura ha sido siempre, para todos los pueblos de la Tierra, una representación, una concreción de sus ideas o de sus lenguas que, por su estabilidad gráfica, es garante de la memoria, de los recuerdos valiosos para un pueblo, medio de comunicación entre las generaciones pasadas, las presentes y las futuras.
¿Qué condiciones permitieron la invención de la escritura? Las mismas, básicamente, que las que caracterizan al ser humano y lo diferencian de todos los seres vivos: su genoma, el conjunto de genes que dan lugar a la herencia. La explicación acerca de cómo el genoma determina las características del ser humano está lejos de ser completa y todavía se habrán de descubrir más elementos, combinaciones y funciones de esa maravillosa doble hélice del ácido desoxirribonucleico o ADN en la formación de nuestro organismo. Esa tarea no es la de un lingüista, sino la de un genetista. Pero sí se puede afirmar que uno de sus resultados es la capacidad de reconocer y, después, crear formas mediante los sentidos que dan sustento a nuestra percepción.
La percepción es un fenómeno de los órganos de los sentidos y del cerebro: la forma es producto de la organización activa de la percepción que construye estructuras de orden, clasificación y discriminación del conjunto de estímulos que se presentan al individuo y delimitan de esa manera la percepción de los objetos del mundo real. Dicho de otra manera: los órganos de la percepción forman estructuras organizadas de aquello que se presenta a los sentidos.
Tal capacidad de reconocer formas existe entre los seres vivos desde mucho antes de que aparecieran los seres humanos. Todos los animales reconocemos formas, pero el ser humano, desde muy temprano en su existencia, pasó del mero reconocimiento de formas —absolutamente necesarias para su supervivencia— a su representación, como lo prueba la pintura rupestre.
Desde hace 70 a 20 mil años, humanos en diferentes lugares del mundo se dieron a crear figuras mediante líneas. Igualmente comenzaron a dibujar formas esquemáticas de sí mismos: de la figura humana, en particular de las manos, así como figuras de ciertos animales. En todos los casos, lo que representan esas pinturas son formas invariables, abstracciones de su cuerpo, de sus manos, de los animales.
No es posible atribuirles un significado; por ejemplo no sabemos si la representación de la forma de una mano era resultado de la mera ociosidad de un chamaco o la admiración de la propia mano; no sabemos si la representación de la figura humana tenía la misma motivación o era la representación del clan, de la tribu o del enemigo; no sabemos si al representar un bisonte o un venado estaban simplemente “retratándolo”, si esa representación era un símbolo mágico, una invocación al animal, la pauta para la memoria de un relato, o el resultado de una primera voluntad artística.
Lo que interesa aquí es la manifestación de la capacidad humana de reconocer, identificar y representar formas. Cruces, círculos, líneas, puntos en cierto orden revelan la capacidad de representación gráfica de los humanos. Tal capacidad está necesariamente en el origen de todo sistema de escritura.
Las muchas diferentes investigaciones que se han hecho acerca de la aparición de la escritura coinciden en que precisamente la capacidad de crear formas dio lugar a diferentes sistemas de escritura. Digo sistemas, pues en todos los casos las escrituras se caracterizan por contar con un número definido de rasgos y unas reglas acerca cómo organizarlos.
Los sistemas de escritura pueden ser: a) pictográficos, b) ideográficos o logográficos y c) morfológicos, alfabéticos y silábicos. Un sistema pictográfico es aquel que se elabora con un conjunto de dibujos de objetos o de personas; un sistema ideográfico o logográfico es aquel que, sobre la base de un pictograma, lo abstrae en unos trazos que permiten una escritura más fluida y económica, aunque se pierda de vista su origen pictórico.
Una característica que comparten los sistema pictográficos e ideográficos es que son, por principio, independientes de cualquier lengua: el sistema cuneiforme sirvió para los sumerios, los acadios, los hititas, los elamitas y los persas; todos de lenguas diferentes. En cambio, un sistema morfológico, alfabético o silábico es aquel que busca representar características de una lengua.
Los sistemas de escritura del chino y del maya antiguo —pues ahora hay una escritura alfabética del maya actual— son ideográficos; el del maya antiguo todavía revela su origen pictográfico. El sistema de escritura del egipcio, que también deja ver su origen pictográfico, combinó la logografía con la representación morfológica y fonémica de su lengua; desde hace unos cuarenta años se ha descubierto una combinación de esa clase en la escritura del maya antiguo.
Los sistemas alfabéticos del árabe y del hebreo son consonánticos; es decir, no se representan sus vocales. Los dos sistemas de escritura del japonés: hiragana y katakana son silábicos. La cultura japonesa agrega a ellos los llamados kanji, ideogramas procedentes del chino. Los sistemas de escritura de las lenguas herederas del mundo grecorromano, como el del español, del italiano o del alemán son alfabéticos; los del francés y el inglés, debido a la compleja variedad de sus soluciones gráficas, han terminado por requerir un apoyo morfológico.
En todos los casos, como los sistemas de diferentes culturas asiáticas, africanas e incluso americanas, como el de los inuit de Quebec, todos se ha creado para transmitir diferentes tipos de mensajes. La escritura evoluciona para servir a las clases de mensajes que son valiosos para las culturas. El sistema de escritura de nuestra propia lengua, en su capacidad para servir a cualquier mensaje, nos permite vivir a plenitud el mundo contemporáneo.
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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.


