Una aproximación a 'El oro de las sombras', de Carmen Leñero (Reseña)
En su nueva novela, la escritora mexicana tiende un puente entre la Nueva España y el México actual.
- Redacción AN / HG

Por José Emilio García Acevedo
“¿Qué sabéis de Sor Jacinta o de mí? ¿Qué habéis sacado a la luz para don Alonso? ¿Descubriste la misión verdadera de Basilio?”. Así interroga Sor Águeda a la autora del libro, como si se le hubiera aparecido para pedirle cuentas. Y es que El oro de las sombras (Bon Art) es una novela sobre una monja novohispana, pero también, un texto de voces múltiples que se cuestiona a sí mismo sobre su hechura y su propósito, al tiempo que reflexiona sobre la pérdida, el conocimiento, la creación o lo divino. A continuación, abordo algunas de las cuestiones planteadas por el libro.
La primera de ellas es el género literario. Mencioné que se trata de una novela, pero además de la narración, encontramos voces que hablan en endecasílabos, escenas de teatro, extractos de diarios, reflexiones místicas… Pareciera que el texto se encuentra en búsqueda de su propia configuración, como un material que transita por diferentes estados. Ya desde el prefacio y a lo largo del texto hay un cuestionamiento sobre la forma: ¿qué restricciones impone una novela histórica?, ¿por qué las comedias de Sor Águeda no cumplen con su función aleccionadora?, ¿es esto una carta a una muerta, un reporte o un delirio?
En otro libro, Carmen Leñero (Ciudad de México, 1969) propone una noción de género literario basada en los procedimientos estéticos que cada género involucra, los cuales, y cito “corresponden a distintas formas de imaginar, de percibir el entorno, e incluso, a distintas modalidades de representación utilizadas por la conciencia”. En otras palabras, se aleja de clasificaciones formales, estructurales o de contenido, y explora los procesos de la imaginación que involucra una novela, un poema o una obra teatral. Animado por esa idea, aunque con mucho menor rigor, y quizás por eso, con menor pudor, quisiera aventurar que el género puede ser una manera de experimentar la existencia, una estructura mental que nos lleva a interpretar la vida de cierta forma, la cual, a su vez, se acerca a la narrativa o al drama, por ejemplo. Esta visión genérica se podría manifestar incluso cuando no escribimos y lo literario estaría en la configuración que le otorgamos a lo que vivimos, es decir, en cómo elegimos contarnos nuestra propia historia.
Veo los relatos que tengo más a la mano y en casi todos hay un viaje: al fondo del mar, a una isla desierta, tras un animal o acompañado de otro, pero también hacia el fondo del corazón humano o hacia la memoria; hay viajes en círculos, viajes de descubrimiento, viajes etílicos o viajes-pesadillas. Supongo entonces que para quien experimenta el mundo en modo narrativo lo esencial es la travesía, el descubrimiento, la aventura. A diferencia de los relatos, todas las obras de teatro en mi librero corroboran la imposibilidad de escapar del pasado, en ellas, los crímenes ocultos y errores de antaño resurgen en el presente, los muertos regresan para dar testimonio de sus vidas, o intentar, en vano, modificarlas; lo que ya fue, vuelve a ser y no hay forma de evitar lo que será. En palabras de Macbeth: “Ya en la sangre hundido estoy hasta tal punto, que… volver atrás sería tan penoso como seguir adelante”. Tal vez por eso hay pocas obras sobre viajes, no por la dificultad de representar la travesía en escena, sino porque para la visión dramática, no importa a dónde vayamos, nunca podremos huir de nuestro sino, de lo que hicimos, de nosotros mismos.
Cruce de géneros
En ese sentido, creo que El oro de las sombras es una novela de género teatral. Sor Jacinta, Sor Águeda, Basilio y Alonso son voces del pasado que se le aparecen a Eco, la autora-personaje. Ella misma los define como “seres reales que murieron… entremezclados con fantasmas tutelares o apariciones inocuas de la noche” y revela que el mecanismo del texto se basa en “dejarlos hablar por turno, procurando engarzar las acciones para mantener al público alerta” (procedimiento que evoca la definición de Jean-Luc Lagarce de sus propias obras como una serie de monólogos desiguales colocados uno tras otro). Aunque la evidencia más decisiva es la siguiente afirmación de Eco: “no nos liga el amor unos a otros a través de las edades, nos liga la fatalidad, y el amor lo disimula”. ¿Acaso hay algo más teatral que la fatalidad?
El drama no es el único género o tipo de texto que habita en esta novela, pues El oro de las sombras también es, veladamente, un manual de investigación literaria. Esto es, Fray Basilio estudia la vida y obra de Sor Jacinta con fines de canonización, mientras que Alonso indaga sobre su relación de sangre con la religiosa y analiza el trabajo realizado por Basilio. A través de la labor de estos personajes y de un par de citas sobre el proceso creativo, es posible observar una serie pasos y principios clave para llevar a cabo un trabajo de investigación. Los enumero brevemente, mas no hay un orden exacto a seguir.
- Leer todo lo posible, ir a los archivos. Dice Eco: “Me hundí en las lecturas, salí a cazar registros”.
- Tomar notas y clasificarlas. Como Basilio, hacer “una recopilación seria y sistemática de testimonios y papeles”.
- Reconocer y utilizar otras formas de conocimiento. Además de las lecturas y el archivo, Eco recurre a la ensoñación, a la inmersión en un estilo visual, mientras que tanto Basilio como Alonso se imaginan escenas y sucesos para, inventando, dar con la verdad.
- Establecer conexiones y símiles. Por ejemplo, Alonso observa que la relación de Jacinta con Cristo, de Basilio con Jacinta y la suya con su mujer muerta, son todos ejemplos de una búsqueda por el otro, inalcanzable o ausente.
- Discernir y descartar. Basilio nos enseña que hay que escoger qué información es útil y cuál es mejor ignorar.
- Apertura crítica e integridad. De acuerdo con Alonso, Basilio “Tuvo la temeridad de dejar aflorar su asombro, su respeto sincero… y su inclinación por la verdad aunque fuera incómoda, exigente o peligrosa”.
- El otro soy yo. Por un lado, es necesario abrazar el gozo de dedicarse a estudiar la vida y obra de otros. Como afirma Basilio: “Lo haría por ella, sí, lo haría por el mundo y sin duda también por mí, que tan bendecido me siento ante este tesoro”. Por otro lado, hay que entender que investigar al otro es investigarse a sí mismo. Debemos preguntarnos como Alonso “¿Por qué me importa saber quién era la monja”, esto es, ¿por qué me importa este tema o autor?, ¿por qué me habla?, ¿qué descubro o entiendo de mí mismo en él?
Finalmente, hay que resaltar que para Alonso, el proyecto de investigación también es un proyecto de vida, es decir que el proceso de investigar es una actividad vital, y más valioso que los posibles resultados, algo que también sucede con la creación (otro tema interesante de la novela). Más aún, el trabajo de investigación o de escritura nunca arroja resultados definitivos ni está realmente terminado, por el contrario, es necesariamente incompleto o fallido porque sólo fracasando en él podemos seguir intentándolo, y por lo tanto, seguir viviendo. Así interpreto a Beckett cuando escribe:
“Todo esto de tener una tarea que realizar antes de que termine, de palabras que decir, de una verdad que recobrar —para poder decirla— antes de que termine, de una tarea impuesta que realizar —alguna vez conocida, por largo tiempo abandonada, finalmente olvidada— antes de que termine de hablar, termine de escuchar… todo eso lo inventé, con la esperanza de que me diera consuelo, de que me ayudara a seguir adelante, me permitiera imaginarme en un lugar en el camino, moviéndome, entre un principio y un final, ganando terreno, perdiendo terreno, perdiéndome, pero de alguna forma, a la larga, avanzando”.
Y así también interpreto a Alonso cuando afirma que su investigación sobre Jacinta fue un pretexto para escribirle a su mujer muerta y sentirse vivo de nuevo, en sus propias palabras, fue “una coartada contra el duelo”.
Por último, muy brevemente, aunque quizás sea lo más importante, a la visión dramática que nos asegura que estamos condenados, le antepongo la alegoría, más precisamente la parábola del hijo pródigo. Como recodarán, el hijo menor exige su herencia y se marcha. Lleva una vida de excesos, pierde todo y, ya arruinado y humillado, vuelve a la casa paterna, donde pide ser aceptado, aunque sea como sirviente. El padre, sin embargo, lo recibe con gran emoción y lo llena de bendiciones. Ésa es la vida que está disponible siempre para nosotros. Tratándose de Dios, siempre es posible el regreso. Si hay arrepentimiento sincero por el mal que le hemos hecho a los otros y a nosotros mismos, siempre habrá Gracia y restauración. Y si no me creen, lean la novela, y pregúntenle a Alonso.






