‘El terreno del ensayo y las ideas ha sido poco hospitalario con las mujeres’: Irene Vallejo
Con más de 19 reediciones su ensayo ‘El infinito en un junco’ se ha convertido en un fenómeno editorial en el mercado de habla hispana.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
A Irene Vallejo (Zaragoza, España, 1979) los libros le cambiaron la vida. Mientras estaba en el colegio sufrió bullying y la lectura le ayudó para ampliar su horizonte. Hoy, es una filóloga respetada y autora de uno de los fenómenos editoriales más curiosos en el mercado de habla hispana. Su obra El infinito en un junco (Siruela), ganó el Premio Nacional de Ensayo 2019 y no solo eso, lleva más de diecinueve reediciones.
Contra todo pronóstico su original y personal forma de contar la historia de los libros en el mundo antiguo ha conectado con cientos de lectores, “algunos de ellos me han confesado que nunca habían leído un ensayo”, apunta Vallejo.
A fuerza de intercalar una profusa investigación con el testimonio de su vida como lectora, confeccionó un texto que cosecha elogios de viejos maestros como Alberto Manguel, Mario Vargas Llosa o Juan Villoro y que, según ella misma, “busca explorar el pasado para encontrar respuestas al mundo de hoy”.
¿De los periodos históricos de los que hablas en el libro en cuál te hubiera gustado vivir?
Me apasiona la historia y viajar en el tiempo, pero no habría deseado vivir en una época anterior. Agradezco haber venido al mundo en una era donde existe la anestesia. Además, si bien todavía los hay, antes los obstáculos para que las mujeres se expresaran eran mayores.
En el ensayo te refieres a las primeras autoras, aquellas que escribían desde el anonimato. Todavía en el siglo XX a algunas escritoras que tenían que usar pseudónimo.
A J. K. Rowling le sugirieron que firmara con sus siglas porque no creían que una saga infantil escrita por una mujer tuviera posibilidades de triunfar. Todavía hay inercias que restringen los espacios públicos a las mujeres. En muchos casos, la maternidad puede ser un obstáculo para continuar con una carrera profesional. La suma de estas circunstancias dificulta la permanencia de las mujeres en los ambientes creativos y artísticos. Yo sigo el rastro de quienes durante la antigüedad y a pesar de las trabas o la censura dejaron huella a través de su palabra. Me interesa recuperar y reivindicar a las mujeres que han intentado participar en el gran tapiz de la literatura. El primer texto firmado de la historia lo escribió la sacerdotisa Enheduanna, una mujer. A pesar de los silencios e inconvenientes, siempre hemos estado ahí para contar nuestros poemas o cantar nuestras canciones.
Incluso al hablar de ensayos referidos a la historia de los libros o la cultura, las referencias suelen ser masculinas.
El terreno del ensayo y las ideas ha sido poco hospitalario con las mujeres. Se nos suele a confinar a géneros más emocionales como la narrativa o la poesía. Sin embargo, ahí tenemos a Aspasia, la esposa de Pericles, durante la democracia ateniense del siglo V a. C. Sus discursos políticos son fascinantes. Varias de sus ideas todavía resuenan en políticos como Barack Obama. Su voz dejó una impronta en la política, aunque en su época no lo pudo hacer a título propio y escribió desde la sombra.
Otra de las lecciones de tu libro es el descubrimiento de fenómenos que creíamos modernos y que en realidad no lo son. Hablas de la creación de la Biblioteca de Alejandría como la primera manifestación de la globalización.
Muchos fenómenos actuales tuvieron su semilla en el mundo antiguo. La globalización del periodo helenístico sin duda era parcial porque afectaba al mundo entonces conocido, pero es verdad que hubo una circulación de ideas y mestizaje inédito. Me gusta encontrar rasgos antiguos que todavía nos definen en la actualidad. Eróstrato, por ejemplo, fue un personaje curioso, alguien obsesionado con la fama, tal como le sucede con muchos hoy. Al no tener ningún talento particular decidió quemar un templo para pasar a la historia. Su patología narcisista es muy contemporánea. El primero registro del viaje de un fan para conocer a su ídolo se remonta a los años de Tito Livio, cuando un lector viajó de Cádiz a Roma para conocerlo. Las bibliotecas son otro legado que hoy goza de gran esplendor. Muchos fenómenos de ese tipo tienen su origen en el periodo clásico.
Destacas también las predicciones casi apocalípticas alrededor del libro…
Todos los avances tecnológicos han estado acompañados de predicciones catastrofistas para la cultura. Nada nos gusta tanto como el Apocalipsis. Resulta instructivo recordar la actitud de Sócrates ante la extensión y difusión de la escritura. Se parece mucho a lo que se dice sobre internet, en el sentido de que dañará la memoria y hará que confiemos nuestro conocimiento a aparatos o archivos externos, lo que se traducirá en menos conocimiento interior o auténtico. La invención de la imprenta generó otra tanda de predicciones sobre el fin de la cultura. No obstante, la realidad ha demostrado lo contrario. Cada vez tenemos más acceso a libros y conocimiento. Mantener la curiosidad estimula nuestro pensamiento e indagaciones. Tenemos que sentirnos orgullosos y felices de participar en el gran cerebro colectivo que es internet y que de alguna manera encarna el sueño de la Biblioteca de Alejandría. Con todo y los inconvenientes las posibilidades de aprender se han exponenciado de manera brutal.
Cierto, aunque entre las paradojas está el valor o la gratuidad del conocimiento y que en más de un sentido afecta por ejemplo a las librerías.
Sin duda hay paradojas. La profesión del librero siempre parece estar borde del abismo. Sin embargo, ha sobrevivido a los desafíos comerciales, la censura y las persecuciones. Muchas librerías han desplegado el ingenio para contactar con sus lectores y realizan actividades a través de la pantalla. En algunos sitios ha renacido el sentimiento de apoyo y la simpatía por el nuevo comercio. El libro tiene una dimensión sensorial que se enriquece por medio del contacto. Me gusta entender la lectura y la literatura como un acto colectivo donde el lugar también es importante.
El poeta Joan Margarit decía que una biblioteca era un espacio de libertad.
Durante mi etapa en el colegio sufrí acoso escolar y los libros se convirtieron en mi salvavidas; en una alfombra mágica que me permitió tener esperanza en el futuro. La lectura amplió mi horizonte cuando tuve la tentación de ser una persona distinta para encajar en esa sociedad. Identifico la lectura como un acto de libertad en tanto que me descubrió que hay muchas formas de vivir la vida. En el Gulag soviético, los campos de concentración o de refugiados, siempre ha habido personas que encuentran en los libros una forma de ver una vida no tan opresiva. La lectura nos permite entender lo extensa que es la realidad y liberarnos de nuestros chovinismos o prejuicios. Durante el confinamiento mucha gente se encontró o reencontró con el mundo exterior a través de los libros.
Las varias ediciones que lleva tu ensayo es ejemplo del buen momento que vive el libro.
Es increíble lo que ha sucedido con mi libro. Ni yo, ni los editores lo esperábamos. Me siento muy agradecida con las personas que lo han leído. El conocimiento es uno de los grandes placeres y entender de dónde venimos y quiénes somos es uno de los mayores goces que hay en la vida. La apuesta del libro es explorar el pasado para encontrar respuestas al mundo de hoy, pero de una manera gozosa.
¿Qué libros te han hecho sentir libre durante la pandemia?
Ahora mis lecturas están determinadas por el trabajo y hasta cierto punto he perdido la libertad de leer por capricho. No obstante amo a autores como Luis Landero, Socorro Venegas o Juan Villoro por mencionar a dos mexicanos. Me gusta volver a los clásicos y he releído las Meditaciones de Marco Aurelio. Es bonito pensar que las palabras “meditación” y “medicina” comparten la misma raíz lingüística. En una época en la que necesitábamos tratamiento médico también hemos recurrido a la filosofía y el pensamiento para mantener la fortaleza.